Catalina de Erauso

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«. . . partimos a otro día, sin saberme yo qué hacer ni adónde ir, sino dejarme llevar del viento como una pluma». —Catalina de Erauso, La historia de la monja alférez.

El 28 de junio se celebra el Día Internacional del Orgullo LGBTIQ y, en algunos países, le dedican todo el mes a la misma causa. Yo me enteré de eso hace poco y me encantó saberlo porque coincidió perfecto con mi lectura de las memorias de Catalina de Erauso, quizás la primera persona transgénero de la que tiene registro la historia. Podríamos decir que es una mezcla entre Juana de Arco y Mulán, con la diferencia de que (según las conclusiones que saqué yo) Catalina se vistió de hombre porque se identificaba como tal. Fue una persona tan fascinante que no puedo dejar de compartir algunas reflexiones que saqué después de haber aprendido sobre ella. Por supuesto, hay algunos aspectos de su vida que no admiro (en especial el hecho de que haya matado a tanta gente); sin embargo, creo que su lugar en la historia es muy valioso porque, sin proponérselo, rompió bastantes dogmas que tuvieron repercusión en su época y en las generaciones que le siguieron, incluso hasta nuestros días. Catalina de Erauso es un ejemplo perfecto de valentía, de fortaleza y de búsqueda de la identidad.

Antes de empezar a ahondar en el tema, quiero aclarar que a lo largo de este escrito voy a referirme a Catalina en femenino a pesar de que debería (y me gustaría) hacerlo en masculino. La única razón por la que elijo hacerlo así es para evitar confusiones al momento de explicar algunos episodios, pero con esto no estoy intentando imponer ninguna etiqueta de género sobre su persona (si hubiera conocido a Catalina, muy seguramente le hubiera hablado en masculino siempre para respetar su identidad).

Como ya me ha pasado con otros personajes cautivantes, descubrí a Catalina de Erauso sin estarla buscando. Vi su nombre en un artículo de internet que hablaba sobre un tema que no tenía nada que ver con ella y, aun así, con solo leer unas cuantas líneas de la descripción de su vida quedé tan maravillada que necesité saber más de inmediato. Hay mucha menos información de la que yo quisiera tener acerca de su historia, pero encontré un libro muy corto escrito por ella misma en el que cuenta en orden cronológico (aunque sin demasiados detalles) su vida desde su infancia en el convento hasta cuando regresó a España después de múltiples viajes por casi toda América.

Catalina de Erauso nació en San Sebastián, Guipúzcoa, en 1585. A los cuatro años ingresó al convento para formarse como novicia pero, cuando cumplió quince, decidió escaparse y forjarse su propio destino. Desde ese mismo momento empezó a vestirse de hombre, modificó el hábito y lo convirtió en un atuendo masculino (¿se puede ser más irreverente?), se cortó el cabello y se aventuró a viajar por España en busca de trabajo y otra vida. Eventualmente se unió al ejército y partió hacia América, en donde estuvo en Colombia, Perú, Chile, Argentina, Bolivia y otros países. Tuvo múltiples oficios, entró y salió del ejército muchas veces y llegó a obtener el grado de alférez por ser uno de los mejores y más fieles combatientes. Estuvo en la cárcel y condenada a muerte en varias ocasiones por reñirse a duelo con bastantes hombres y matarlos a casi todos (entre ellos, por accidente, a su propio hermano, Miguel de Erauso, quien no llegó a reconocerla); tuvo romances y estuvo comprometida con varias mujeres, pero nunca se casó porque se escapaba de cada ciudad antes de que pudiera concretarse alguna unión oficial. Finalmente, después de muchos andares y penurias, y por estar al borde de la muerte a causa de heridas graves, le confesó a un obispo su nombre, su sexo y sus hazañas; él, tras confirmar que Catalina era virgen (importantísimo en el momento), decidió perdonarle la vida y protegerla, con la condición de que volviera al convento y prometiera devoción eterna a Dios. Ella aceptó y ahí se ganó el apodo de «La monja alférez». En 1624 regresó a España, de nuevo vestida de hombre para que los curiosos no la reconocieran, y luego conoció al papa Urbano VIII, quien no solo le perdonó la vida (¡otra vez!), sino que la autorizó a vestirse de hombre por el resto de sus días. Al poco tiempo, Catalina regresó a América y se instaló en México, donde vivió hasta el día de su muerte en 1650, a los sesenta y cinco años. Algunos de los nombres masculinos que usó fueron: Francisco Loyola, Alonso Díaz Ramírez de Guzmán y Antonio de Erauso.

A decir verdad, hasta ahora no he encontrado ningún lugar en el que se confirme que Catalina era un hombre transgénero (y no simplemente una mujer que se disfrazó de hombre). Se puede debatir bastante al respecto y dudo mucho que sea fácil llegar a una respuesta concreta, pues considero que la información que hay sobre su vida no es suficiente para tener la verdad absoluta. Por un lado, se podría decir que Catalina solo se vistió de hombre para poder hacer con libertad las actividades que le gustaban: tener romances con mujeres, combatir y usar armas (era excelente con la espada), ponerse ropa de hombre, etcétera; sin embargo, creo que luego de leer sus memorias se puede deducir que quería ser reconocida como hombre, ya que, incluso después de que se supiera su verdadera identidad, prefirió seguir usando nombre y atuendo de hombre hasta su muerte y, en sus memorias, se refiere a sí misma en masculino. También hay que tener en cuenta que en su época el lenguaje al respecto no era tan amplio como lo es ahora y que tal vez por eso no hay un registro claro de la identidad de género de Catalina (también simplemente porque en ese momento no era un tema del que se hablara como se habla hoy en día).

Otro aspecto que me llama mucho la atención es el hecho de que nunca nadie se diera cuenta de que ella era una mujer, aunque sí hubo quienes se extrañaban porque no le salía barba y la consideraban un hombre poco varonil. Aun así, la gente (al menos que se sepa) no llegó a sospechar que se trataba de una mujer, y me encanta pensar que es una gran demostración de que no existe «el sexo débil», que los gustos son personales y que cualidades como la fuerza, la inteligencia, la valentía y la astucia no tienen nada que ver con el sexo de una persona ni mucho menos están reservadas exclusivamente a los hombres. Personas como Catalina de Erauso nos enseñan que, en definitiva, hay muchas construcciones sociales que no tienen razón de ser y que deberían ser desafiadas y modificadas.

Se sabe poco de la monja alférez, pero espero que su mensaje inspire a muchas más personas, para que eliminen prejuicios y se atrevan a encontrarse a sí mismas sin importar lo que digan los demás.

Si tienes ganas de leer más, te invito a seguirme en Instagram: @explorando_historias
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2 comentarios en “Catalina de Erauso

  1. Muy interesante, como siempre. Quizá es porque tenía ya ganas de que escribieras algo, pero siempre consigues sorprenderme.
    Es increíble que un Papa le dejara vestir como hombre por el resto de sus días. Eso nos enseña que realmente hay gente respetuosa dentro de cualquier ambiente, incluso en la Iglesia, aunque ahora le de por juzgar a gente como Catalina, que quiere ser lo que siente.
    Este artículo – reseña da para mucha reflexión. 😉
    Un saludo. 😘

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