Simone de Beauvoir

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Con cada inicio de año llega para mí una fecha muy especial. Desde hace varios años, el nueve de enero es un día que disfruto porque se conmemora el nacimiento de Simone de Beauvoir, quien, como muchos saben, es una de las mujeres que más admiro. Hoy Simone estaría cumpliendo 111 años y esta publicación es mi pequeño (y muy humilde) homenaje a su vida y a su legado en la mía.

A mí me gusta decir que no fui yo quien encontró Simone, sino que fue ella quien me encontró a mí porque la descubrí sin estarla buscando. Yo jamás había escuchado su nombre, no tenía ni idea de a qué se había dedicado, ni nada. Fue por cosa del destino (a mí me gusta creer en eso) que un día estaba comprando por internet libros que necesitaba para la universidad y me llamó la atención una biografía muy prometedora. El título era lindo: «Una vida. Una historia de amor». Quienes me conocen saben que soy una enamorada del amor sin remedio y entonces pensé «Wow, ¿qué tan increíble tiene que ser una persona para que su vida pueda resumirse en la frase una historia de amor?», así que sin dudarlo ni un momento, compré la biografía de esa señora que jamás había escuchado nombrar y dije «pues a ver qué pasa». La verdad es que en ese instante no me fijé en nada más y no me di cuenta de que lo que iba a encontrar me iba a cambiar para siempre.

Cuando por fin tuve el libro en mis manos, fue cuestión de segundos para que me atrapara por completo. Ya desde las primeras páginas (¡de hecho creo que fue la primera!) estaba absolutamente cautivada por esta mujer que había sido todo lo que yo quisiera ser. Simone fue filósofa, escritora, feminista y, para mí, una de las mejores personas que han caminado por esta Tierra. Pero, sobre todo, Simone de Beauvoir fue feliz. Así de simple (y así de complejo). Su forma de ser irreverente la impulsó a seguir siempre su corazón, a inventar sus propias reglas, a vivir a su manera; y lo mejor de todo es que no solamente lo dijo o lo intentó, sino que lo logró.

Nació en París en 1908 y desde pequeña la educaron para que de grande se convirtiera en monja, ya que su familia era católica. Sin embargo, ella sentía que algo de todo lo que le decían no estaba bien. A Simone le gustaba muchísimo leer y a los 13 años, inspirada por las novelas que leía a escondidas, decidió que su vida iba a ser distinta y que nada ni nadie le iba a impedir buscar la felicidad que ella creía que merecía. A partir de ese momento empezó a convertirse en el personaje controversial que pasó a la historia.

Cuando entró a la universidad a estudiar filosofía, conoció a quien sería su compañero por siempre, Jean-Paul Sartre. Juntos formaron una unión libre e inquebrantable que también tuvo unas reglas particulares inventadas por ellos dos, las cuales respetaron con firmeza hasta el día en el que la muerte los separó. Cuando Simone cumplió 23 años, ambos hicieron el pacto de no casarse nunca (ni entre ellos, ni con nadie más) y de seguir eligiéndose en libertad todos los días. Es bien sabido que cada uno tuvo varios amantes e incluso compartieron algunas parejas y, aunque a muchos nos puede parecer disparatada la idea de una relación así, en el contexto de ellos esa libertad no era promiscuidad, sino la muestra de amor más genuino porque entendían que a veces lo que la otra persona necesitaba lo tenía alguien más. Aun así, ellos siempre estuvieron juntos, se apoyaron en todos sus proyectos. Entre los dos desarrollaron las ideas del existencialismo y se sabe que todo lo que Sartre escribió fue revisado y corregido por Simone y viceversa.

Las dos premisas en la vida de Simone fueron la libertad y la felicidad. A ella le encantaba viajar, leer, aprender y nunca desaprovechó una oportunidad para lograrlo. Trabajó arduamente en sus novelas y ensayos filosóficos, abogó por los derechos de las mujeres, haciéndoles ver que ellas tenían el poder de elección sobre todos los aspectos de su vida: su trabajo, su cuerpo, sus relaciones, etcétera. De ahí nació su ensayo más famoso: El segundo sexo, en el que expuso la situación de las mujeres en la sociedad y desafió el rol que estaba impuesto. También dedicó mucho tiempo a escribir novelas y autobiografías, las cuales no me canso de recomendar porque son fascinantes.

Cuando terminé de leer esa primera biografía de Simone, tuve que seguir aprendiendo más y más de ella. He leído varios de sus libros de ficción, las cartas que se escribió con Sartre y con uno de sus amantes más duraderos, Nelson Algren. También he leído sus diarios de viaje y algunas de sus autobiografías. Todavía me falta leer bastante más para completar su bibliografía y mi gran anhelo es poder leer al menos alguno de sus libros en francés.

Mi recomendación respecto a Simone es que hay que conocerla, definitivamente. Luego de aprender tanto acerca de su vida, me sorprendió notar que no se le da el crédito que merece y que hay otras mujeres que no hicieron ni la mitad de lo que hizo Simone y tienen cien veces más reconocimiento (sí, Frida Kahlo, estoy hablando de ti). Pero también considero que es importante remarcar el hecho de que para conocerla hay que tener la mente abierta y estar dispuesto a aprender a entender diferentes perspectivas de vida, porque es cierto que para muchos, ella puede ser demasiado polémica. Yo creo que lo más lindo de su vida es que fue muy consecuente siempre, lo que predicaba lo aplicaba (contrario a lo que dice el dicho popular «el cura predica pero no aplica»).

Simone demostró que es posible procurarse una vida llena de libertad. Dejó en la historia el gran legado para las mujeres (y para todos) de que tenemos el derecho y la responsabilidad de ELEGIR cómo queremos vivir cada día. Para mí es y será siempre una gran fuente de inspiración y me alegro mucho de que un día su biografía se topara conmigo.

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Una feminista magnífica

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Photo credit: Camila Motta — http://www.salliebingham.com

«A medida que fui creciendo me di cuenta de que muchas cosas contradecían lo que a mí me habían obligado a creer. El mundo parecía existir en fragmentos que no podían forzarse a encajar en las doctrinas morales e intelectuales que nuestros padres predicaban». —Sallie Bingham, Pasión y Prejuicio: Memorias de una familia.

Cuando escribí sobre Frida Kahlo dije que tuve una época muy afortunada en la que empecé a descubrir, sin proponérmelo, a muchas mujeres feministas que me inspiraron y me ayudaron a darme cuenta de los prejuicios que me rodeaban. Para mí fue un momento muy enriquecedor porque apenas estaba empezando a escuchar acerca del feminismo, todavía no tenía claro lo que era con exactitud y tenía muchas dudas al respecto. Incluso, debo reconocer que le tenía cierta reticencia al término porque había muchas personas confundidas creyendo y haciéndome creer que el feminismo era el rechazo a los hombres (tristemente, todavía hay personas que piensan que es así y no saben lo equivocadas que están). Así que descubrir a estas mujeres abrió un mundo hermoso ante mí y clarificó mis dudas. Tuve la fortuna de que encontré mujeres ejemplares que representan el feminismo de manera excepcional. Por supuesto, alguna que otra no logró convencerme y otras, como Frida Kahlo, me decepcionaron. Por suerte, tuve la oportunidad de aprender sobre esta mujer que de la que voy a hablar hoy: la estadounidense Sallie Bingham.

Sallie nació en Kentucky en 1937, en una época en la que en el sur de Estados Unidos estaban aún más marcados los valores conservadores de la aristocracia, los cuales tenían una gran influencia de lo que en su momento fue La Confederación. Los Bingham fueron los fundadores de uno de los periódicos más importantes que había en ese momento y rápidamente se convirtieron en una familia muy poderosa en su estado. Sallie fue una de las hijas y creció bajo las reglas estrictas que su mamá le imponía; ella la convencía de que el rol de la mujer (de la mujer de clase alta) en la sociedad era, prácticamente, ser una muñeca de porcelana útil solo para casarse y pretender ser feliz con su vida. En el libro Sallie rebela que su infancia y su adolescencia no fueron felices. Ella no podía adaptarse a su familia porque no podía estar de acuerdo con la posición machista, clasista y racista que le inculcaba su madre.

«Sí, mamá, he tomado clases de baile, he practicado tenis, me enderecé los dientes y me corté el cabello. He seguido todas esas fórmulas inconquistables para el éxito que has impuesto en mí. Pero sigo siendo la misma, todavía no pertenezco, todavía soy solitaria, estúpida y sin amor. Porque ¿qué has hecho tú por mi corazón mientras ponías aparatos en mis dientes? ¿Qué me has dado para que confíe en mí misma?»

Ella cuestionaba su mundo porque se dio cuenta de que lo que su mamá le enseñaba no correspondía con su realidad. En Pasión y prejuicio Sallie cuenta cómo desafió a su mamá en repetidas ocasiones, cómo se enfrentó a sus hermanos, cómo quiso cambiar el manejo del periódico y cómo tuvo que lidiar con las miradas de juicio que le lanzaban todas las personas que la rodeaban y quienes insistían en que debía ser mucho más obediente solo por ser mujer.

A Sallie la descubrí por impulso y fue una convergencia muy acertada en ese punto de mi vida. Por esos días me la pasaba comprando biografías y memorias porque me parecía (y parece) fascinante pensar que han existido personas tan valientes que han dejado huellas muy positivas en la historia; así que, sin siquiera saber de qué se trataba, compré Pasión y prejuicio: Memorias de una familia porque el título me llamó la atención. Seguramente iba a ser una historia muy interesante de una familia muy particular. El libro lo devoré porque superó mis expectativas. A través de él conocí a una mujer inspiradora que supo plantar sus convicciones delante de su propia familia y elegir lo correcto a pesar de las consecuencias que eso conllevaría ante los ojos de la sociedad.

Ella supo forjarse su destino a base de trabajo duro, de cuestionarse todo, de sacar sus propias conclusiones y de seguir su corazón. De esa forma logró convertirse en escritora, lo que más anhelaba, y hoy en día es profesora, activista del feminismo y filántropa. Tiene una amplia bibliografía que incluye cuentos, novelas, poesía y obras de teatro. También es la fundadora del Sallie Bingham Center for Women’s History & Culture y de Kentucky Foundation for Women; el primero es un centro de investigación en la Universidad de Duke dedicado a preservar las publicaciones acerca de la vida de mujeres que marcaron la historia, y el segundo es una entidad sin ánimo de lucro que promueve y destaca el trabajo de las mujeres en distintos campos artísticos.

Vale la pena conocer personajes como Sallie Bingham. Recomiendo su libro de memorias y aprender sobre ella para dejarse inspirar por su infinita valentía. La verdad es que me hace mucha ilusión pensar que podría conocerla en persona. Te invito a que la sigas en sus blogs.

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El problema de la autopublicación

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«Lamentablemente, en estos tiempos en que se ha perdido el valor de la palabra, también el arte se ha prostituido, y la escritura se ha reducido a un acto similar al de imprimir papel moneda». —Ernesto Sábato, Antes del fin.

Hace pocas semanas me pasó que tenía acumulada toda la ilusión con la que se empieza una nueva lectura. Había comprado un libro durante un viaje y lo tenía pendiente desde hacía meses, así que cuando por fin tuve el tiempo de sentarme a leerlo, tenía una gran expectativa. Al abrirlo, nada más en las primeras hojas, ya había encontrado varias erratas y algún que otro error de ortografía. Como he dicho en otras de mis publicaciones, yo soy correctora de estilo y ortotipografía, así que, aunque estoy acostumbrada a encontrarme este tipo de cosas en los manuscritos, encontrarlas en los libros impresos me hace dar ganas de dejar esa lectura. Sin embargo, este era un libro muy corto y me dije que era preferible darle una oportunidad y terminarlo. Tristemente, fue solo una decepción tras otra. La historia era pésima, los personajes eran demasiado lineales, el conflicto me resultó infantil e inverosímil, estaba lleno de clichés y muy mal desarrollado. Pero, lo que más me dolió, es que había errores ortotipográficos en, al menos, una de cada cinco hojas. Sentí como que acababa de leer un borrador que nadie se había tomado la molestia de releer antes de imprimir.

Así que decidí traer el tema de las autopublicaciones al blog porque últimamente me he topado con libros similares a ese que, al terminarlos, hubiera preferido no leer. Aclaro que no voy a mencionar ninguno en específico para no ofender a quienes los escribieron (y también a quienes hayan podido disfrutarlos —aunque, a decir verdad, si tú disfrutas libros mal escritos, deberías replantearte tus gustos literarios), pero la verdad es que podría hacer una lista extensa de títulos que, a mi criterio, no deberían estar circulando en el mercado porque no cumplen con los estándares básicos que se deberían tener en cuenta antes de imprimir y vender algo. Considero que cosas como buena redacción, buena ortografía, buen uso de la puntuación y coherencia en la historia no son exigencias del otro mundo, sino tan solo lo mínimo que se debería tratar de cuidar.

Quiero hacer énfasis en que no estoy en contra de los libros autopublicados. Sé que son una buena oportunidad para aquellas personas que llevan mucho tiempo esperando encontrar quién les publique/financie esa obra que se pasaron años escribiendo y que, al parecer, no es compatible con el perfil de ninguna editorial. Sin embargo, otras personas lo ven como una manera de hacer «dinero fácil», escriben cualquier cosa sin ningún cuidado y la mandan a impresión. Y a eso exactamente es a lo que va dirigida mi crítica: a ese mal uso que se le ha dado a la autopublicación con el único fin de hacer dinero, saltándose ciertos filtros y criterios que las editoriales con mucha trayectoria siempre respetan. Siento que es injusto con quienes han estudiado durante años para profesionalizarse en las distintas áreas que son necesarias en la literatura.

De nuevo aclaro: sé que hay libros malos que no son autopublicados y también sé que no todos los libros autopublicados son malos. Pero aquí no estoy discutiendo acerca de esa parte subjetiva que tiene que ver con la historia de la obra, sino justamente con la parte técnica que tiene reglas muy específicas de calidad: la edición, la maquetación y la corrección. Resulta muy evidente cuando esas cosas están mal hechas o cuando, directamente, no están hechas. Un libro autopublicado gira en torno a un cliente que paga por un servicio y es una manera de obtener un resultado seguro: quien paga, publica un libro. En cambio, la manera tradicional gira en torno a si la obra es competente y por eso presentar un manuscrito a una editorial seria es como jugar a la lotería, porque entran en juego distintos aspectos en la valoración y es mucho más complicado ser aceptado para publicación. Sé que, al final, solo se pretende vender y cada una tiene sus estrategias de mercadeo, pero ese no es mi punto, no se trata de empezar un debate acerca de cuál opción es más conveniente.

Ambas maneras de publicar son válidas y ambas tienen ventajas y desventajas. Sin embargo, mi gran aprensión respecto a las autopublicaciones es el hecho de que muchos «autores», en su afán de presumir que tienen un libro, eligen saltarse un conducto regular que es necesario y subestiman el trabajo de muchas personas. Por supuesto que, al ser correctora, mi posición al respecto puede ser sesgada, pero precisamente me hice correctora porque me gusta abrir un libro y que esté bien escrito y con todos los detalles muy cuidados. Mi amor por la literatura es tan grande, que quiero que todos los libros sean perfectos (o lo más cercano a eso, claro). Todos sabemos que los libros son la manera de propagar y mantener el lenguaje escrito, así que pasar por alto las reglas del idioma me parece una gran pérdida cultural. Es cierto que todos cometemos errores y que una coma mal puesta o una tilde olvidada no son crímenes, pero sí es de muy mal gusto que una persona que paga por un libro y tiene la ilusión de leer algo bueno, al abrirlo se lleve una gran desilusión. Al ser correctora, comprar un libro y que esté lleno de errores, lo tomo casi como una ofensa personal (¡Ey! Hubieran podido pagarme a mí).

Algunas personas argumentan que los servicios profesionales de diseño y corrección son muy caros, y tienen razón. Pero es que el trabajo vale, ¡y la calidad mucho más! Además, el trabajo de esas personas (incluida yo) es, precisamente, mejorar los manuscritos para sacarles todo el potencial que tienen y lograr que estén al nivel de publicación y distribución para que sean competentes en el mercado. Así como esos autores desean que se valoren sus libros, deben valorar el trabajo de otros. Entiendo que hay personas con muchísimas ganas de publicar un libro a costa de lo que sea, pero hay que tener cuidado con eso. Si tú tienes una idea increíble y deseas autopublicarla, ¡adelante! Pero, por favor, asegúrate de hacerlo con calidad y déjate asesorar por profesionales. Apresurarte a publicar cualquier cosa con cualquier editorial de autopublicación en muchos casos es autosabotaje. Es preferible ahorrar un tiempo y poder pagar a quien pueda lograr que un libro bueno se convierta en uno excelente. Personalmente, considero mucho más escritor a alguien que ha publicado un solo libro maravilloso, que a alguien que ha publicado cincuenta libros malos y con mala ortografía.

¡Hay que cuidar la literatura! Si deseas hacer un aporte a ella, procura que sea para sumarle y no para restarle.

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Un gran legado del hinduismo

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Uno de los libros que, sin duda, nunca me cansaré de recomendar es el que descubrí hace unos años en una época en la que me permití abrir la mente y empezar a absorber conocimientos de diversas culturas y puntos de vista. Como muchos de quienes crecemos en el mundo occidental, cuando era pequeña mi contexto estuvo muy marcado por el cristianismo (tanto en el colegio como en el ámbito familiar), por lo que durante mucho tiempo varias personas me hicieron creer que cualquier cosa que pudiera poner en duda «mi fe» estaba mal y debía alejarme de ella. Aunque hice caso varios años, me costaba mucho quedarme con la idea de que era un sacrilegio intentar entender otras religiones y modos de vivir la vida y que nadie pudiera explicarme por qué; yo quería sacar mis propias conclusiones porque las respuestas que encontraba a mi alrededor eran parecidas a «porque está mal y ya». De modo que un día decidí quitarme los prejuicios de encima y abrí mi mente y mi corazón a los conocimientos que la cultura hindú tenía para ofrecerme (luego lo hice con varias otras, pero eso es un tema para comentar después). El resultado fue maravilloso y por eso hoy quiero hablar del Mahabharata y, más específicamente, del Bhagavad Gita.

Primero quiero aclarar que el sentido de mi escrito es estrictamente literario y no religioso. No pretendo exaltar ninguna religión por encima de otra ni hacer que nadie que lea esto cambie su fe. Cada uno es libre de elegir en qué creer y cómo (preferiblemente si está bien informado y sabe defender respetuosamente su punto de vista). Sin embargo, lo que sí deseo es despertar curiosidad y ganas de explorar diferentes perspectivas del mundo para activar el pensamiento crítico y descubrir tesoros a los que tal vez no recurrimos con facilidad. No hace falta adorar a las deidades del hinduismo para disfrutar de una historia tan increíble como esta. Siento que este tipo de textos se pueden tomar como sagrados y adoptarlos como parte de una religión, o simplemente se pueden entender como historias con personajes fantásticos que nos dejan enseñanzas, como las fábulas (y yo creo que se puede hacer eso con este y con cualquier otro libro de cualquier religión).

El Bhagavad Gita es parte de una obra mucho más extensa y compleja llamada Mahabharata. Este es un poema épico (y muy antiguo) de la India, escrito originalmente en sánscrito, el cual está considerado como uno de los textos más importantes de su cultura y también como uno de los poemas más largos que se han escrito, ya que cuenta con 100.000 versos dobles (lo cual es aproximadamente cuatro veces más extenso que la Biblia). La fecha exacta en la que se escribió no se conoce, pero algunos creen que fue más o menos en el año 400 a.C. Debido a su extensión, el Mahabharata es muy difícil de leer, ya que contiene cientos (si no es que miles) de personajes y situaciones fantásticas que se hacen difíciles de recordar. Para entenderlo es necesario tener conocimientos previos de la India y del hinduismo porque el poema utiliza muchos términos (aunque sean traducciones) propios de su religión y la historia lidia con la estructura social de la cultura.

Por supuesto que yo leí una versión condensada del Mahabharata (hoy en día hay muchas) porque acceder al poema completo es difícil y costoso (y tendríamos que saber sánscrito), y además hay quienes aseguran que nadie puede leerlo completo en una sola vida (a menos, claro, de que leas rapidísimo y no hagas nada más en todo el día). Así como lo mencioné en mi publicación sobre La Epopeya de Gilgamesh, es necesario conseguir una versión muy bien traducida y con introducciones, notas al pie y un árbol genealógico que ayuden al lector a contextualizar lo que va sucediendo. Sin embargo, en esencia, el poema trata sobre una pelea entre dos grupos de primos, los Pándavas (hijos de Pandú) y los Kauravas (hijos de Dhritarashtra), por conseguir reinar en su territorio. Realmente es una lectura muy amena y entretenida que atrapa desde que uno empieza a leer hasta que termina.

El Bhagavad Gita es uno de los textos sagrados de la India y cuenta con 700 versos. Está contenido entre los capítulos 23 y 40 del sexto libro del Mahabharata. En este punto de la historia los personajes se encuentran en medio del campo de batalla a punto de librar una guerra y Arjuna, el arquero de los Pándavas, comienza a cuestionarse lo que va a pasar (tengamos en cuenta que está a punto de matar a un miembro de su familia). Así que decide recurrir a Krishna, su guía espiritual (y la reencarnación de alguno de los dioses), para encontrar consuelo y respuestas. Krishna, con toda la sabiduría del mundo le da consejos a su pupilo y le enseña los valores que debe practicar como la humildad, la valentía, el amor, la compasión, la prudencia, la justicia, la honradez, entre muchos otros. El Bhagavad Gita se convierte entonces en una gran metáfora acerca de la guerra interna que luchamos todos como seres individuales y al mismo tiempo hace un paralelismo con los conflictos que nos encontramos al ser parte de ciertas instituciones y de la sociedad.

Esta parte del poema se puede leer separada del Mahabharata, por supuesto teniendo en cuenta el contexto, y puede ser aplicado a la vida diaria. Para mí el Bhagavad Gita se convirtió en el libro al que recurro cuando necesito calma, cuando busco respuestas y reafirmaciones (casi que podría decir que es «mi Biblia» aunque, a decir verdad, soy más seguidora del budismo). Creo que, independientemente de la religión que cada uno practique, las enseñanzas que posee sirven como complementos para una vida más amena, más bondadosa y con más sentido. Recomiendo mucho el Mahabharata como pieza exquisita de la literatura universal y como una lectura divertida y emocionante; y el Bhagavad Gita para quienes quieren una perspectiva un poco más espiritual (no necesariamente religiosa).

Todo el poema está repleto de frases que podría subrayar y copiar en todas partes, pero dejaré aquí una a la que le tengo especial cariño (y si a ti te interesa saber más, ¡envíame un mensaje directo!):

«Me inclino ante Dios, quien vive en este mundo dentro de nosotros; quien lo llame por cualquier nombre, por ese nombre se manifestará».

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¿El lenguaje inclusivo es la solución?

Mario y yo

«Me parece macanudo que cambien la estructura, pero traten de que simultáneamente se transforme el signo moral de este pueblo, porque de lo contrario el cambio se desmoronará, y la evolución o revolución o lo que sea, habrá sido inútil». —Mario Benedetti, Gracias por el fuego.

Stephen King dice que los libros son magia portátil porque a través de ellos los lectores pueden leer la mente del autor, como si se tratara de telepatía. Yo creo que también, ratificando el calificativo «mágico», los libros permiten que los pensamientos viajen en el tiempo. Me gusta esa idea de que un escritor plasme sus reflexiones (ya sea a modo de afirmación o pregunta) reflejando su verdad en su contexto y que, años después, podamos encontrarlo y mantenerlo vigente en nuestro contexto. Creo que eso tiene que ver con algo que Gabriel García Márquez dijo en varios de sus libros (especialmente en Cien años de soledad): la vida es cíclica y la historia siempre se repite, queramos o no (sé que Gabo no es el único que lo ha dicho, pero es el referente que quise usar). Es fácil comprobar que tiene razón, tan solo hace falta leer un poco de historia y luego ver las noticias; aunque también es notorio en situaciones más personales y cotidianas.

Con Gracias por el fuego me pasó eso de los pensamientos viajando en el tiempo. El libro se publicó por primera vez en 1965 y la crítica social que quiso plasmar Mario Benedetti en él estuvo ampliamente influenciada por la crisis política y económica que atravesó Uruguay durante la década de los sesenta. De ahí ese «llamado a la acción» que hizo a través de sus personajes, en el que le dijo directamente a los lectores: Salgan a cambiar el mundo, ¡pero háganlo bien! Cincuenta y un años después Gracias por el fuego llegó a mis manos y, aunque Benedetti ya murió, cada vez que vuelvo a leer esta cita, no puedo evitar sentir como si estuviera hablando de temas actuales porque su mensaje sigue siendo muy aplicable. En este caso yo usaré sus palabras para hablar de un tema en específico: el lenguaje “inclusivo”. Debo confesar que, aunque había querido escribir sobre esto desde hace días y no me había atrevido, la razón por la que me decidí fue porque me enteré de que en una editorial argentina reescribieron El principito y lo cambiaron a ese lenguaje, y me estremecí.

Honestamente, todavía no me acostumbro a ver (mucho menos a usar) esa manera de hablar/escribir. Yo soy correctora de ortotipografía y estilo, y he dedicado gran parte de mi vida a aprender el español lo mejor que puedo (por supuesto que todavía no lo sé todo), por eso me resulta natural respetar las reglas del idioma. Debido a que conozco el proceso por el que pasan los manuscritos antes de ser publicados, me parece sorprendente una modificación tan abrupta (sobre todo en el lenguaje escrito, ya que el lenguaje oral es mucho más flexible). Mi trabajo al corregir textos se trata de encontrar erratas y de ayudar a los escritores a ser concisos con su mensaje, así que no puedo evitar sentir que expresiones como “nuestra cuerpa”, “todes les compañeres”, “los niños y las niñas”, “amigxs”, son errores gramaticales. Sin embargo, no deja de parecerme un cambio importante (importante en el sentido de masividad, no de necesidad). Es decir, es impresionante que haya tanta determinación por parte de algunos en querer cambiar todo un idioma e incluso reconozco que es lindo el hecho de que muchas personas estén unidas en pro de una causa noble, pero me produce reticencia porque el cambio en el lenguaje no me parece el primer paso e incluso me atrevería a decir que, así como está planteado, el lenguaje “inclusivo” no es necesario.

Antes de que comenten para insultarme, quiero aclarar que no, no me creo la RAE, que apoyo la inclusión, que estoy a favor de los derechos de todas las personas, que me considero feminista (no hace falta conocerme demasiado para saber que Simone de Beauvoir es uno de los referentes de mi vida), que repudio la discriminación y el odio y que también quiero un gran cambio en el mundo para que todos podamos ser —al menos un poco— más felices. Pero justamente por eso es que creo que la cita de Mario Benedetti que elegí se hace relevante, porque un cambio en la estructura no es lo mismo que un cambio moral y lo que se necesita de verdad es lo segundo, porque de ahí se derivarán naturalmente los cambios pertinentes en lo primero. Quedarnos peleando porque alguien no dice todas las palabras con la “e” es distraernos con nimiedades. Considero que no por usar lenguaje “inclusivo” se es mejor persona, ni tampoco que por no usarlo se es mal ser humano. Ser buena o mala persona queda reflejado en las acciones diarias que tenemos y en cómo tratamos a quienes nos cruzamos, no en si decimos “todes” y “chiquxs” (lo cual es impronunciable, por cierto).

Muchas de las personas con las que he debatido acerca de este tema y que apoyan el uso del lenguaje “inclusivo” me dicen que su importancia radica en “ponerle nombre a lo que no lo tiene”, que “lo que no se nombra no existe”, y que “a través de ese lenguaje se elimina la discriminación”. Yo no estoy de acuerdo con esas afirmaciones porque usar lenguaje “inclusivo” es como ponerle una curita a una herida profunda: puede que la cubra, pero no la sana. Porque el verdadero problema no está en nuestro lenguaje, sino en cómo lo estamos usando. El español ya incluye cuando dice “todos”, pero somos nosotros quienes le damos la connotación equivocada. Las palabras son palabras y ya, son inofensivas si las usamos correctamente e, incluso, como lo plantea la cita de Benedetti, si no hay un cambio moral primero, toda esa revolución resultará inútil. Si el enfoque principal no es enseñar a respetar, se podría usar el lenguaje “inclusivo” para discriminar si quisiéramos. Si alguien escribiera un letrero diciendo “les persones bajes son tontes” no se está discriminando ni ofendiendo menos. Es por eso que insisto en que la raíz del problema es el uso que le damos a las palabras y que hay que dar otros pasos antes de querer cambiar el idioma si lo que buscamos de verdad es incluir y aceptar a todas las personas.

Yo no puedo oponerme por completo a que se use el español de esa manera porque soy una sola contra muchos, pero sí me molesta que a alguien se le haya ocurrido reescribir un gran clásico como lo es El principito y manipularlo para que se acomode a una causa que ni siquiera es la que pretendió el autor cuando lo escribió años atrás. Yo no me imagino a Antoine de Saint-Exupéry pensando en crear un personaje masculino para discriminar a todas las mujeres; quienes han leído El principito saben perfectamente que su historia no pretende para nada exaltar a los hombres por encima de las mujeres, ni tampoco insinuar que solo los hombres pueden ser pilotos. Si bien el libro lo reescribieron con la protagonista como una mujer y el lenguaje “inclusivo” que usaron es “todos y todas” en lugar de “todes” (lo cual es un gran alivio para mí), sigo creyendo que, si la finalidad es escribir historias en lenguaje “inclusivo” y feministas, deberían CREARLAS exclusivamente con ese fin y no aprovecharse de un libro que tiene tanta fama y acogida en el mundo solo para vender más. Por supuesto que me agrada que las niñas de las nuevas generaciones tengan más al alcance referentes femeninos que sirvan de inspiración, pero hay otras maneras (incluso mejores) de lograrlo.

En todo caso, la reflexión a la que invito escribiendo acerca de esto, es en hacer el énfasis en transformar «el signo moral de este pueblo», como dijo Mario, porque así nos aseguraremos de que el cambio sí está teniendo el efecto que, en el fondo, es el que deseamos todos —o la mayoría, claro.

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El texto más antiguo del mundo

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¿En qué piensas si te digo que voy a hablarte de una historia que incluye un dios que crea personas con arcilla, un diluvio universal y un hombre al que le asignan la tarea de construir un arca, y una serpiente malvada que provoca una desgracia a la humanidad? Es fácil confundirse y pensar que es la Biblia, ¡pero no! La historia que voy a compartirte es La epopeya de Gilgamesh, la narración escrita más antigua de la que hay registro. Es más antigua que la Biblia y mucho menos popular…

Como se sabe, antes las historias se pasaban de una generación a otra de manera oral. Ya que los relatos solían ser muy largos, para que fuera más sencillo recordarlos era común que se les pusiera música y rimas; sin embargo, eso no evitó del todo que a medida que se iban contando, se fueran modificando con nuevos detalles (imaginemos algo así como el juego del teléfono descompuesto). En algún punto, a alguien se le ocurrió idear una manera de dejar registro de las historias para que su reproducción fuera más fidedigna y así fue como nació la escritura.

La epopeya de Gilgamesh es un poema sumerio escrito en tablillas de barro, el cual narra las aventuras de Gilgamesh, el rey de Uruk, quien era dos tercios dios y un tercio humano. Este rey se aprovechaba de su sabiduría y de su contextura gigante para humillar a la gente con su arrogancia y majestuosidad. Como no había quién se le igualara, los dioses decidieron crear a Enkidu, quien luego se convierte en el mejor amigo del rey y juntos derrotan monstruos y protegen a la ciudad. Es a través de su amistad con Enkidu que Gilgamesh aprende el valor de la humildad y el amor al prójimo.

Varias razones hacen que encuentre este poema fascinante. La primera es lo antiguo que es, ya que las primeras versiones datan del sigo XVIII a.C. (es decir, ¡se cree que es del año 2700 a.C.!). En segundo lugar, me parece increíble (y un milagro y un gran regalo para la humanidad) que haya sobrevivido tantos años, ya que las tablillas de barro son muy frágiles. Por supuesto, algunas tablillas se rompieron, otras tal vez siguen perdidas y algunas otras (o parte de ellas) son ilegibles. Otro dato deslumbrante es que la historia tenga tantos paralelismos con la Biblia (especialmente la del diluvio y el arca —si lo lees, te darás cuenta de hasta qué punto son iguales), y eso me genera preguntas que seguramente nunca podré responder. Pero imaginemos por un momento cuántas cosas nos faltan por descubrir, cuántos textos faltan por encontrar y cuántos relatos se perdieron para siempre porque nunca fueron escritos. Me queda claro que siempre hay que mantener el pensamiento crítico activo y la mente abierta, porque muchas cosas de las que nos enseñan a repetir durante años no son necesariamente como nos las cuentan.

Tengo que decir que, tal vez, lo que más me gusta de La epopeya de Gilgamesh es la sabiduría que contiene y, más aún, que todo ese conocimiento venga de hace tanto tiempo. La historia de Gilgamesh trata temas muy complejos como la amistad, el temor a la muerte, el deseo de la inmortalidad, la humildad y el sentido de la vida. Parece como si a través de los años nos hubiéramos vuelto complicados y exigentes, y en realidad desde la época en la que fue escrito este poema ya habían encontrado la clave de la felicidad. En una parte del relato, Gilgamesh emprende una travesía en busca de un dios para que le dé las respuestas que necesita y el dios lo aconseja: «Renuncia a las posesiones, bucea la vida, ¡desiste de bienes mundanos y mantén el alma viva!».

El poema es un poco complejo de leer, ya que el hecho de que varias de las tablillas estén incompletas hace que la historia quede cortada en varios pedazos y que se dificulte seguir el hilo. Sin embargo, la mayoría de las versiones hoy en día tienen introducciones antes de cada tablilla, lo cual le ofrece al lector un contexto y un pequeño análisis de lo que va pasando. Si te decides a leerlo, te recomiendo que busques una buena traducción y una edición con muchas introducciones/notas al pie porque aunque el poema como tal es bastante corto (son solamente doce tablillas y de varias de ellas no hay más que un par de versos), sí se hace necesaria toda la ayuda extra que se pueda tener para entender la época, el lenguaje y los personajes.

¡Léelo! A mí me gustó mucho porque está lleno de aventuras y enseñanzas y resulta muy entretenido. Lo más importante, ¡es el primer texto de la historia (al menos hasta el día de hoy)! y seguramente al terminarlo vas a tener una nueva perspectiva del mundo.

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Frida Kahlo NO es un ejemplo a seguir

Frida

Hace varios años (cuatro, aproximadamente) empecé a ver imágenes de Frida Kahlo en todos lados. Me llamó la atención porque fue muy de repente: veía a muchos portando mercancía con aquella icónica mujer de flores y uniceja, y me molestaba sentirme como «la única» que no tenía idea de quién era ese personaje excelso y, aparentemente, digno de venerar. Esa era una época en la que estaba abocada a leer biografías porque es un género que disfruto muchísimo y había estado descubriendo mujeres increíbles (entre ellas está incluida Simone de Beauvoir, obviamente, y también están Abigail Adams y Sallie Bingham), de manera que tuve que ir a la librería y conseguir la biografía de Frida Kahlo más gruesa que encontrara, porque sería la próxima mujer que anadiría a mi lista de inspiraciones. En cuanto llegué a mi casa, me senté con toda la ilusión a devorar su vida (o, mejor dicho, el libro). ¡Por fin podría caminar orgullosa por la calle con una camiseta con la cara de Frida, compraría cuadernos que también la tuvieran en la portada, tomaría café en una taza con su foto y podría comprarle a mi teléfono una carcasa decorada con su silueta de flores! Una semana después, cuando terminé el libro, solo tenía una sensación en el pecho: ¡qué decepción tan grande! Entonces me pregunté durante varias horas (y todavía me lo pregunto hoy) por qué tantas personas idolatran a Frida Kahlo. ¿Qué es lo que tanto admiran de ella? ¿Por qué la aman con tanto fervor? ¿Por qué pagan tanto dinero por tenerla en todas partes?

Debo decir que mi gran decepción no está necesariamente ligada a la persona que fue Frida sino, más bien, lo que me deja tan triste es la desinformación que hay y el mito que se ha creado alrededor de su imagen. Me parece una jugada muy baja de mercadotecnia, pues la estética de Frida Kahlo funciona perfectamente como ícono ya que es llamativa y fácil de reconocer (todos, aunque no sepamos nada de su vida, con solo ver la silueta de su rostro ya sabemos de quién se trata), y me parece que se están aprovechando de eso y de la movida feminista (y banalizándola con actos así) para manipularnos y vendernos una idea que no es real. ¡Frida Kahlo NO era feminista y NO es digna de imitar ni adorar! La realidad es que durante su vida sufrió tanto, que poco antes de morir dijo: «Espero que la salida sea alegre, y espero no volver nunca más». Ella nunca fue feliz (aunque hay que reconocer que lo intentó), nunca logró una estabilidad emocional y, lo más triste de todo, nunca fue libre (por más que hubiera intentado convencerse a sí misma de que sí).

Para mí, Frida Kahlo es entonces casi que una antítesis del feminismo, porque el foco principal de su vida no era ella, sino su relación tóxica con Diego Rivera, quien fue una persona absolutamente deplorable, horrible por dentro (y por fuera, pero eso es un dato menor). Desde muy joven Frida se obsesionó con ese señor (¡y no hay ninguna explicación racional!) y vivió por él y para él a pesar de que Rivera la trataba muy mal y de que le fue infiel infinidad de veces, incluso con su hermana. En vez de valorarse y procurarse un porvenir —al menos— digno, la impoluta (?) Frida Kahlo se encerró en su obcecación y dedicó el resto de su vida a lamentarse devotamente y a plasmar en sus cuadros, escritos y cartas lo infeliz que era, su incapacidad de evolucionar emocionalmente y lo terrible que era la (su) existencia. En eso, por supuesto y como venganza, también le fue infiel a Rivera con varios hombres y mujeres (¡pero eso tampoco la hace feminista, no hay que confundirse!). Es decir, las personas que creen que la historia sentimental de Frida Kahlo es acreedora de imitación están MUY EQUIVOCADAS. Y también lo están quienes dicen que ella sí sabía cómo funcionan las relaciones (en todo caso, sabía cómo funcionan las tóxicas, claramente).

Como pintora no la puedo juzgar ya que sé muy poco de artes plásticas; como artista puedo resaltar su capacidad de hacer que su arte surgiera de sus emociones. También admiro que se sintiera orgullosa de sus raíces mexicanas, pero no comparto su mensaje nacionalista ni tampoco el rechazo que tuvo hacia sus raíces alemanas (simplemente porque no estoy de acuerdo con ningún mensaje que pretenda separar y clasificar a unos como mejores que otros). Como persona le tengo empatía porque su vida fue realmente muy difícil, con muchos accidentes e infortunios y porque tuvo que sobrellevar situaciones que a cualquiera se le saldrían de las manos. Sin embargo, eso no me hace querer exaltarla ni venerarla ni llevarla puesta en camisetas y tazas. Hay miles de mujeres que SÍ son representantes de los valores que deberíamos imitar y que lucharon mucho por lograr un mundo mejor y es a ellas a quienes deberíamos poner en libros, de quienes deberíamos estar aprendiendo. Me preocupa que haya tantas personas (especialmente mujeres jóvenes) que la adoran y la promocionan sin siquiera saber por qué, sin tener ni idea de a qué se dedicaba o por qué es recordada hoy en día. Así que mi mensaje es que procuremos informarnos más, que investiguemos por iniciativa propia y que saquemos nuestras conclusiones sin copiar ciegamente las de otros solo porque parece cool. Eso no tiene sentido y estamos dando el ejemplo equivocado.

Si tú leíste todo esto y no estás de acuerdo con nada de lo que escribí, te invito a leer más acerca de Frida y luego a que me dejes todos los comentarios que quieras.

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