Un gran legado del hinduismo

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Uno de los libros que, sin duda, nunca me cansaré de recomendar es el que descubrí hace unos años en una época en la que me permití abrir la mente y empezar a absorber conocimientos de diversas culturas y puntos de vista. Como muchos de quienes crecemos en el mundo occidental, cuando era pequeña mi contexto estuvo muy marcado por el cristianismo (tanto en el colegio como en el ámbito familiar), por lo que durante mucho tiempo varias personas me hicieron creer que cualquier cosa que pudiera poner en duda «mi fe» estaba mal y debía alejarme de ella. Aunque hice caso varios años, me costaba mucho quedarme con la idea de que era un sacrilegio intentar entender otras religiones y modos de vivir la vida y que nadie pudiera explicarme por qué; yo quería sacar mis propias conclusiones porque las respuestas que encontraba a mi alrededor eran parecidas a «porque está mal y ya». De modo que un día decidí quitarme los prejuicios de encima y abrí mi mente y mi corazón a los conocimientos que la cultura hindú tenía para ofrecerme (luego lo hice con varias otras, pero eso es un tema para comentar después). El resultado fue maravilloso y por eso hoy quiero hablar del Mahabharata y, más específicamente, del Bhagavad Gita.

Primero quiero aclarar que el sentido de mi escrito es estrictamente literario y no religioso. No pretendo exaltar ninguna religión por encima de otra ni hacer que nadie que lea esto cambie su fe. Cada uno es libre de elegir en qué creer y cómo (preferiblemente si está bien informado y sabe defender respetuosamente su punto de vista). Sin embargo, lo que sí deseo es despertar curiosidad y ganas de explorar diferentes perspectivas del mundo para activar el pensamiento crítico y descubrir tesoros a los que tal vez no recurrimos con facilidad. No hace falta adorar a las deidades del hinduismo para disfrutar de una historia tan increíble como esta. Siento que este tipo de textos se pueden tomar como sagrados y adoptarlos como parte de una religión, o simplemente se pueden entender como historias con personajes fantásticos que nos dejan enseñanzas, como las fábulas (y yo creo que se puede hacer eso con este y con cualquier otro libro de cualquier religión).

El Bhagavad Gita es parte de una obra mucho más extensa y compleja llamada Mahabharata. Este es un poema épico (y muy antiguo) de la India, escrito originalmente en sánscrito, el cual está considerado como uno de los textos más importantes de su cultura y también como uno de los poemas más largos que se han escrito, ya que cuenta con 100.000 versos dobles (lo cual es aproximadamente cuatro veces más extenso que la Biblia). La fecha exacta en la que se escribió no se conoce, pero algunos creen que fue más o menos en el año 400 a.C. Debido a su extensión, el Mahabharata es muy difícil de leer, ya que contiene cientos (si no es que miles) de personajes y situaciones fantásticas que se hacen difíciles de recordar. Para entenderlo es necesario tener conocimientos previos de la India y del hinduismo porque el poema utiliza muchos términos (aunque sean traducciones) propios de su religión y la historia lidia con la estructura social de la cultura.

Por supuesto que yo leí una versión condensada del Mahabharata (hoy en día hay muchas) porque acceder al poema completo es difícil y costoso (y tendríamos que saber sánscrito), y además hay quienes aseguran que nadie puede leerlo completo en una sola vida (a menos, claro, de que leas rapidísimo y no hagas nada más en todo el día). Así como lo mencioné en mi publicación sobre La Epopeya de Gilgamesh, es necesario conseguir una versión muy bien traducida y con introducciones, notas al pie y un árbol genealógico que ayuden al lector a contextualizar lo que va sucediendo. Sin embargo, en esencia, el poema trata sobre una pelea entre dos grupos de primos, los Pándavas (hijos de Pandú) y los Kauravas (hijos de Dhritarashtra), por conseguir reinar en su territorio. Realmente es una lectura muy amena y entretenida que atrapa desde que uno empieza a leer hasta que termina.

El Bhagavad Gita es uno de los textos sagrados de la India y cuenta con 700 versos. Está contenido entre los capítulos 23 y 40 del sexto libro del Mahabharata. En este punto de la historia los personajes se encuentran en medio del campo de batalla a punto de librar una guerra y Arjuna, el arquero de los Pándavas, comienza a cuestionarse lo que va a pasar (tengamos en cuenta que está a punto de matar a un miembro de su familia). Así que decide recurrir a Krishna, su guía espiritual (y la reencarnación de alguno de los dioses), para encontrar consuelo y respuestas. Krishna, con toda la sabiduría del mundo le da consejos a su pupilo y le enseña los valores que debe practicar como la humildad, la valentía, el amor, la compasión, la prudencia, la justicia, la honradez, entre muchos otros. El Bhagavad Gita se convierte entonces en una gran metáfora acerca de la guerra interna que luchamos todos como seres individuales y al mismo tiempo hace un paralelismo con los conflictos que nos encontramos al ser parte de ciertas instituciones y de la sociedad.

Esta parte del poema se puede leer separada del Mahabharata, por supuesto teniendo en cuenta el contexto, y puede ser aplicado a la vida diaria. Para mí el Bhagavad Gita se convirtió en el libro al que recurro cuando necesito calma, cuando busco respuestas y reafirmaciones (casi que podría decir que es «mi Biblia» aunque, a decir verdad, soy más seguidora del budismo). Creo que, independientemente de la religión que cada uno practique, las enseñanzas que posee sirven como complementos para una vida más amena, más bondadosa y con más sentido. Recomiendo mucho el Mahabharata como pieza exquisita de la literatura universal y como una lectura divertida y emocionante; y el Bhagavad Gita para quienes quieren una perspectiva un poco más espiritual (no necesariamente religiosa).

Todo el poema está repleto de frases que podría subrayar y copiar en todas partes, pero dejaré aquí una a la que le tengo especial cariño (y si a ti te interesa saber más, ¡envíame un mensaje directo!):

«Me inclino ante Dios, quien vive en este mundo dentro de nosotros; quien lo llame por cualquier nombre, por ese nombre se manifestará».

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¿El lenguaje inclusivo es la solución?

Mario y yo

«Me parece macanudo que cambien la estructura, pero traten de que simultáneamente se transforme el signo moral de este pueblo, porque de lo contrario el cambio se desmoronará, y la evolución o revolución o lo que sea, habrá sido inútil». —Mario Benedetti, Gracias por el fuego.

Stephen King dice que los libros son magia portátil porque a través de ellos los lectores pueden leer la mente del autor, como si se tratara de telepatía. Yo creo que también, ratificando el calificativo «mágico», los libros permiten que los pensamientos viajen en el tiempo. Me gusta esa idea de que un escritor plasme sus reflexiones (ya sea a modo de afirmación o pregunta) reflejando su verdad en su contexto y que, años después, podamos encontrarlo y mantenerlo vigente en nuestro contexto. Creo que eso tiene que ver con algo que Gabriel García Márquez dijo en varios de sus libros (especialmente en Cien años de soledad): la vida es cíclica y la historia siempre se repite, queramos o no (sé que Gabo no es el único que lo ha dicho, pero es el referente que quise usar). Es fácil comprobar que tiene razón, tan solo hace falta leer un poco de historia y luego ver las noticias; aunque también es notorio en situaciones más personales y cotidianas.

Con Gracias por el fuego me pasó eso de los pensamientos viajando en el tiempo. El libro se publicó por primera vez en 1965 y la crítica social que quiso plasmar Mario Benedetti en él estuvo ampliamente influenciada por la crisis política y económica que atravesó Uruguay durante la década de los sesenta. De ahí ese «llamado a la acción» que hizo a través de sus personajes, en el que les dijo directamente a los lectores: Salgan a cambiar el mundo, ¡pero háganlo bien! Cincuenta y un años después, Gracias por el fuego llegó a mis manos y, aunque Benedetti ya murió, cada vez que vuelvo a leer esta cita, no puedo evitar sentir como si estuviera hablando de temas actuales, porque su mensaje sigue siendo muy aplicable. En este caso, yo usaré sus palabras para hablar de un tema en específico: el lenguaje «inclusivo». Debo confesar que, aunque había querido escribir sobre esto desde hace días y no me había atrevido, la razón por la que me decidí fue porque me enteré de que en una editorial argentina reescribieron El principito y lo cambiaron a ese lenguaje, ¡y me estremecí!

Honestamente, todavía no me acostumbro a ver (mucho menos a usar) esa manera de hablar/escribir. Yo soy correctora de estilo y he dedicado gran parte de mi vida a aprender el español lo mejor que puedo (por supuesto que todavía no lo sé todo y sigo aprendiendo), pero me resulta natural querer respetar las reglas del idioma. Precisamente por eso, me parece sorprendente una modificación tan abrupta (sobre todo en el lenguaje escrito, ya que el lenguaje oral es mucho más flexible). Mi trabajo al corregir textos se trata de encontrar erratas y de ayudar a los escritores a ser concisos con su mensaje, así que no puedo evitar sentir que expresiones como «nuestra cuerpa», «todes les compañeres», «los niños y las niñas», «amigxs» son errores gramaticales. Sin embargo, no deja de parecerme un cambio importante (importante en el sentido de masividad, no de necesidad). Es decir, es impresionante que haya tanta determinación por parte de algunos en querer cambiar todo un idioma, e incluso reconozco que es lindo el hecho de que muchas personas estén unidas en pro de una causa noble, pero me produce reticencia porque el cambio en el lenguaje no me parece el primer paso, e incluso me atrevería a decir que, así como está planteado, el lenguaje «inclusivo» no es necesario.

Antes de que comenten para insultarme, quiero aclarar que no, no me creo la RAE, que apoyo la inclusión, que estoy a favor de los derechos de todas las personas, que me considero feminista (no hace falta conocerme demasiado para saber que Simone de Beauvoir es uno de los referentes de mi vida), que repudio la discriminación y el odio y que también quiero un gran cambio en el mundo para que todos podamos ser —al menos un poco— más felices. Pero justamente por eso es que creo que la cita de Mario Benedetti que elegí se hace relevante, porque un cambio en la estructura no es lo mismo que un cambio moral y lo que se necesita de verdad es lo segundo, porque de ahí se derivarán naturalmente los cambios pertinentes en lo primero. Quedarnos peleando porque alguien no dice todas las palabras con la «e» es distraernos con nimiedades. Considero que no por usar lenguaje «inclusivo» se es mejor persona, ni tampoco que por no usarlo se es mal ser humano. Ser buena o mala persona queda reflejado en las acciones diarias que tenemos y en cómo tratamos a quienes nos cruzamos, no en si decimos «todes» y «chiquxs» (lo cual es impronunciable en español, por cierto).

Muchas de las personas con las que he debatido acerca de este tema y que apoyan el uso del lenguaje «inclusivo» me dicen que su importancia radica en «ponerle nombre a lo que no lo tiene», que «lo que no se nombra no existe» y que «a través de ese lenguaje se elimina la discriminación». Yo no estoy de acuerdo con esas afirmaciones porque usar lenguaje «inclusivo» es como ponerle una curita (tirita) a una herida profunda: puede que la cubra, pero no la sana. Porque el verdadero problema no está en nuestro lenguaje, sino en cómo lo estamos usando. El español ya es inclusivo cuando dice «todos», pero somos nosotros quienes le damos la connotación equivocada. Las palabras son palabras y ya, son inofensivas si las usamos correctamente e, incluso, como lo plantea la cita de Benedetti, si no hay un cambio moral primero, toda esa revolución resultará inútil. Si el enfoque principal no es enseñar a respetar, se podría usar el lenguaje «inclusivo» para discriminar: si alguien escribiera un letrero diciendo «les persones bajes son tontes» no se está discriminando ni ofendiendo menos. Es por eso que insisto en que la raíz del problema es el uso que les damos a las palabras y que hay que dar otros pasos antes de querer cambiar el idioma si lo que buscamos de verdad es incluir y aceptar a todas las personas.

Yo no puedo oponerme por completo a que se use el español de esa manera porque soy una sola contra muchos, pero sí me molesta que a alguien se le haya ocurrido reescribir un gran clásico como lo es El principito y manipularlo para que se acomode a una causa que ni siquiera es la que pretendió el autor cuando lo escribió años atrás. Yo no me imagino a Antoine de Saint-Exupéry pensando en crear un personaje masculino para discriminar a todas las mujeres; quienes han leído El principito saben perfectamente que su historia no pretende para nada exaltar a los hombres por encima de las mujeres, ni tampoco insinuar que solo los hombres pueden ser pilotos. Si bien el libro lo reescribieron con la protagonista como una mujer y el lenguaje «inclusivo» que usaron es «todos y todas» en lugar de «todes» (lo cual es un gran alivio para mí), sigo creyendo que, si la finalidad es escribir historias en lenguaje «inclusivo» y feministas, deberían CREARLAS exclusivamente con ese fin y no aprovecharse de un libro que tiene tanta fama y acogida en el mundo solo para vender más. Por supuesto que me agrada que las niñas de las nuevas generaciones tengan más al alcance referentes femeninos que sirvan de inspiración, pero hay otras maneras (mejores) de lograrlo.

En todo caso, la reflexión a la que invito al escribir acerca de esto es en hacer el énfasis en transformar «el signo moral de este pueblo», como dijo Mario, porque así nos aseguraremos de que el cambio sí está teniendo el efecto que, en el fondo, es el que deseamos todos —o la mayoría, claro—.

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El texto más antiguo del mundo

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¿En qué piensas si te digo que voy a hablarte de una historia que incluye un dios que crea personas con arcilla, un diluvio universal y un hombre al que le asignan la tarea de construir un arca, y una serpiente malvada que provoca una desgracia a la humanidad? Es fácil confundirse y pensar que es la Biblia, ¡pero no! La historia que voy a compartirte es La epopeya de Gilgamesh, la narración escrita más antigua de la que hay registro. Es más antigua que la Biblia y mucho menos popular…

Como se sabe, antes las historias se pasaban de una generación a otra de manera oral. Ya que los relatos solían ser muy largos, para que fuera más sencillo recordarlos era común que se les pusiera música y rimas; sin embargo, eso no evitó del todo que a medida que se iban contando, se fueran modificando con nuevos detalles (imaginemos algo así como el juego del teléfono descompuesto). En algún punto, a alguien se le ocurrió idear una manera de dejar registro de las historias para que su reproducción fuera más fidedigna y así fue como nació la escritura.

La epopeya de Gilgamesh es un poema sumerio escrito en tablillas de barro, el cual narra las aventuras de Gilgamesh, el rey de Uruk, quien era dos tercios dios y un tercio humano. Este rey se aprovechaba de su sabiduría y de su contextura gigante para humillar a la gente con su arrogancia y majestuosidad. Como no había quién se le igualara, los dioses decidieron crear a Enkidu, quien luego se convierte en el mejor amigo del rey y juntos derrotan monstruos y protegen a la ciudad. Es a través de su amistad con Enkidu que Gilgamesh aprende el valor de la humildad y el amor al prójimo.

Varias razones hacen que encuentre este poema fascinante. La primera es lo antiguo que es, ya que las primeras versiones datan del sigo XVIII a.C. (es decir, ¡se cree que es del año 2700 a.C.!). En segundo lugar, me parece increíble (y un milagro y un gran regalo para la humanidad) que haya sobrevivido tantos años, ya que las tablillas de barro son muy frágiles. Por supuesto, algunas tablillas se rompieron, otras tal vez siguen perdidas y algunas otras (o parte de ellas) son ilegibles. Otro dato deslumbrante es que la historia tenga tantos paralelismos con la Biblia (especialmente la del diluvio y el arca —si lo lees, te darás cuenta de hasta qué punto son iguales), y eso me genera preguntas que seguramente nunca podré responder. Pero imaginemos por un momento cuántas cosas nos faltan por descubrir, cuántos textos faltan por encontrar y cuántos relatos se perdieron para siempre porque nunca fueron escritos. Me queda claro que siempre hay que mantener el pensamiento crítico activo y la mente abierta, porque muchas cosas de las que nos enseñan a repetir durante años no son necesariamente como nos las cuentan.

Tengo que decir que, tal vez, lo que más me gusta de La epopeya de Gilgamesh es la sabiduría que contiene y, más aún, que todo ese conocimiento venga de hace tanto tiempo. La historia de Gilgamesh trata temas muy complejos como la amistad, el temor a la muerte, el deseo de la inmortalidad, la humildad y el sentido de la vida. Parece como si a través de los años nos hubiéramos vuelto complicados y exigentes, y en realidad desde la época en la que fue escrito este poema ya habían encontrado la clave de la felicidad. En una parte del relato, Gilgamesh emprende una travesía en busca de un dios para que le dé las respuestas que necesita y el dios lo aconseja: «Renuncia a las posesiones, bucea la vida, ¡desiste de bienes mundanos y mantén el alma viva!».

El poema es un poco complejo de leer, ya que el hecho de que varias de las tablillas estén incompletas hace que la historia quede cortada en varios pedazos y que se dificulte seguir el hilo. Sin embargo, la mayoría de las versiones hoy en día tienen introducciones antes de cada tablilla, lo cual le ofrece al lector un contexto y un pequeño análisis de lo que va pasando. Si te decides a leerlo, te recomiendo que busques una buena traducción y una edición con muchas introducciones/notas al pie porque aunque el poema como tal es bastante corto (son solamente doce tablillas y de varias de ellas no hay más que un par de versos), sí se hace necesaria toda la ayuda extra que se pueda tener para entender la época, el lenguaje y los personajes.

¡Léelo! A mí me gustó mucho porque está lleno de aventuras y enseñanzas y resulta muy entretenido. Lo más importante, ¡es el primer texto de la historia (al menos hasta el día de hoy)! y seguramente al terminarlo vas a tener una nueva perspectiva del mundo.

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Frida Kahlo NO es un ejemplo a seguir

Frida

Hace varios años (cuatro, aproximadamente) empecé a ver imágenes de Frida Kahlo en todos lados. Me llamó la atención porque fue muy de repente: veía a muchos portando mercancía con aquella icónica mujer de flores y uniceja, y me molestaba sentirme como «la única» que no tenía idea de quién era ese personaje excelso y, aparentemente, digno de venerar. Esa era una época en la que estaba abocada a leer biografías porque es un género que disfruto muchísimo y había estado descubriendo mujeres increíbles (entre ellas está incluida Simone de Beauvoir, obviamente, y también están Abigail Adams y Sallie Bingham), de manera que tuve que ir a la librería y conseguir la biografía de Frida Kahlo más gruesa que encontrara, porque sería la próxima mujer que anadiría a mi lista de inspiraciones. En cuanto llegué a mi casa, me senté con toda la ilusión a devorar su vida (o, mejor dicho, el libro). ¡Por fin podría caminar orgullosa por la calle con una camiseta con la cara de Frida, compraría cuadernos que también la tuvieran en la portada, tomaría café en una taza con su foto y podría comprarle a mi teléfono una carcasa decorada con su silueta de flores! Una semana después, cuando terminé el libro, solo tenía una sensación en el pecho: ¡qué decepción tan grande! Entonces me pregunté durante varias horas (y todavía me lo pregunto hoy) por qué tantas personas idolatran a Frida Kahlo. ¿Qué es lo que tanto admiran de ella? ¿Por qué la aman con tanto fervor? ¿Por qué pagan tanto dinero por tenerla en todas partes?

Debo decir que mi gran decepción no está necesariamente ligada a la persona que fue Frida sino, más bien, lo que me deja tan triste es la desinformación que hay y el mito que se ha creado alrededor de su imagen. Me parece una jugada muy baja de mercadotecnia, pues la estética de Frida Kahlo funciona perfectamente como ícono ya que es llamativa y fácil de reconocer (todos, aunque no sepamos nada de su vida, con solo ver la silueta de su rostro ya sabemos de quién se trata), y me parece que se están aprovechando de eso y de la movida feminista (y banalizándola con actos así) para manipularnos y vendernos una idea que no es real. ¡Frida Kahlo NO era feminista y NO es digna de imitar ni adorar! La realidad es que durante su vida sufrió tanto, que poco antes de morir dijo: «Espero que la salida sea alegre, y espero no volver nunca más». Ella nunca fue feliz (aunque hay que reconocer que lo intentó), nunca logró una estabilidad emocional y, lo más triste de todo, nunca fue libre (por más que hubiera intentado convencerse a sí misma de que sí).

Para mí, Frida Kahlo es entonces casi que una antítesis del feminismo, porque el foco principal de su vida no era ella, sino su relación tóxica con Diego Rivera, quien fue una persona absolutamente deplorable, horrible por dentro (y por fuera, pero eso es un dato menor). Desde muy joven Frida se obsesionó con ese señor (¡y no hay ninguna explicación racional!) y vivió por él y para él a pesar de que Rivera la trataba muy mal y de que le fue infiel infinidad de veces, incluso con su hermana. En vez de valorarse y procurarse un porvenir —al menos— digno, la impoluta (?) Frida Kahlo se encerró en su obcecación y dedicó el resto de su vida a lamentarse devotamente y a plasmar en sus cuadros, escritos y cartas lo infeliz que era, su incapacidad de evolucionar emocionalmente y lo terrible que era la (su) existencia. En eso, por supuesto y como venganza, también le fue infiel a Rivera con varios hombres y mujeres (¡pero eso tampoco la hace feminista, no hay que confundirse!). Es decir, las personas que creen que la historia sentimental de Frida Kahlo es acreedora de imitación están MUY EQUIVOCADAS. Y también lo están quienes dicen que ella sí sabía cómo funcionan las relaciones (en todo caso, sabía cómo funcionan las tóxicas, claramente).

Como pintora no la puedo juzgar ya que sé muy poco de artes plásticas; como artista puedo resaltar su capacidad de hacer que su arte surgiera de sus emociones. También admiro que se sintiera orgullosa de sus raíces mexicanas, pero no comparto su mensaje nacionalista ni tampoco el rechazo que tuvo hacia sus raíces alemanas (simplemente porque no estoy de acuerdo con ningún mensaje que pretenda separar y clasificar a unos como mejores que otros). Como persona le tengo empatía porque su vida fue realmente muy difícil, con muchos accidentes e infortunios y porque tuvo que sobrellevar situaciones que a cualquiera se le saldrían de las manos. Sin embargo, eso no me hace querer exaltarla ni venerarla ni llevarla puesta en camisetas y tazas. Hay miles de mujeres que SÍ son representantes de los valores que deberíamos imitar y que lucharon mucho por lograr un mundo mejor y es a ellas a quienes deberíamos poner en libros, de quienes deberíamos estar aprendiendo. Me preocupa que haya tantas personas (especialmente mujeres jóvenes) que la adoran y la promocionan sin siquiera saber por qué, sin tener ni idea de a qué se dedicaba o por qué es recordada hoy en día. Así que mi mensaje es que procuremos informarnos más, que investiguemos por iniciativa propia y que saquemos nuestras conclusiones sin copiar ciegamente las de otros solo porque parece cool. Eso no tiene sentido y estamos dando el ejemplo equivocado.

Si tú leíste todo esto y no estás de acuerdo con nada de lo que escribí, te invito a leer más acerca de Frida y luego a que me dejes todos los comentarios que quieras.

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Carta a D. Historia de un amor.

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En la contraportada de este libro (al menos en la edición que yo tengo) pusieron esta cita de Francisco Quevedo: «Hay libros cortos que, para entenderlos como se merecen, se necesita una vida muy larga». Carta a D. Historia de un amor es exactamente eso. No es un libro de ficción, sino una carta real con una intensidad profunda nacida del amor más genuino. André Gorz (más conocido como Gérard Horst o Michel Bosquet) fue un filósofo austriaco que vivió eternamente enamorado de su esposa, Dorine. Carta a D. surgió como el tributo máximo que hizo André a la relación con su mujer y, en esta carta, él cuenta cómo se conocieron, cómo aprendieron a hablar el idioma del otro, lo difíciles que fueron sus primeros años juntos al no tener solvencia económica y, sobre todo, cómo y cuánto impactó el uno en el otro. A través de la carta, André se cuestiona en repetidas ocasiones el no haber incluido más seguido a Dorine en sus escritos, o el haberlo hecho reflejando una imagen errónea de lo que ella significaba para él.

A mí me encanta leer este tipo de libros de no-ficción que demuestran que se puede tener una historia de amor hermosa y duradera. Soy fiel creyente de que el amor es la fuerza más grande y me entristece que cada vez menos las personas crean en él. Por eso rescato los libros de biografías o memorias que cuentan esas historias, porque devuelven la esperanza. Particularmente, me llama la atención que, lejos de que Carta de D. sea una historia cursi, es un relato verdadero contado en un momento difícil: cuando Dorine está muy enferma. Es un lindo gesto de parte del marido querer que su último libro fuera un homenaje al amor de su vida; sin embargo, no dejo de pensar que es un poco triste esperar hasta un extremo tan impactante (como una enfermedad grave o incluso la muerte) para hacerle saber a alguien cuánto lo apreciamos. Por supuesto, imagino que Dorine sabía perfectamente lo que su esposo sentía por ella, pero él mismo reconoce en varios lugares del texto que estuvo muy ausente por estar abocado a su trabajo de escritor, e incluso que no le dijo las suficientes veces que gracias a ella él, no solo se había encontrado a sí mismo, sino que también encontró las ganas de seguir existiendo. Creo que es una buena reflexión para tener en cuenta: no tenemos que esperar a estar en una situación precaria para decirle a las personas que amamos/apreciamos lo que sentimos por ellas, porque lo podemos hacer todos los días y sin excusas.

André y Dorine tuvieron una relación de 58 años y formaron una simbiosis al extremo de llevar a la literalidad la idea de no puedo vivir sin ti. En el 2008 los dos se suicidaron en su casa, confirmando lo que André había escrito para finalizar la carta: «A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro». Tengo que confesar que eso me genera sentimientos encontrados porque, por un lado es romántico lograr un amor tan profundo y genuino y entiendo hasta qué punto puede ser muy difícil sobrellevar la ausencia de la persona que más se ama; pero por otro lado, no sé qué tan proactiva debe ser la intervención para terminar con la vida (propia y ajena). ¿Tú qué opinas de la decisión que tomaron Dorine y André?

Si tú hoy no le has dicho a alguien importante lo que significa para ti, ¿qué estás esperando?

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Las cabezas de la hidra

«. . . porque gracias al escrúpulo, vacilamos, y se nos pasa el tiempo de gozar, de gozar ese minuto feliz que, como gracia especial, fue incluido en nuestro programa». Gracias por el fuego. Mario Benedetti.

Hay libros, personajes y frases que nos tocan el corazón de una manera especial porque logramos identificarnos de algún modo (ya sea consciente o inconsciente). Algunas veces es porque la historia nos recuerda a una nuestra, porque los personajes están intentando resolver dilemas que nosotros también, porque nos inspiran a hacer algo distinto, porque son el reflejo de lo que quisiéramos ser, etcétera. A mí esta cita de Benedetti, en particular, me llegó al alma porque la sentí como si Mario me hubiera hablado a mí directamente a través de Gracias por el fuego.

Una vez soñé que Benedetti era mi abuelo y que íbamos juntos a tomar un café. Recuerdo que le pedí sus consejos y que me enseñara a escribir como él. La respuesta entera la olvidé al despertar (tristemente), pero me quedó resonando la palabra «constancia». A mí me gusta pensar que Mario me da sus consejos de vida, esos que le pedí, en todos sus libros. El que está en esta cita es muy importante porque incluye una verdad esencial: ¡la vida es un regalo! Y tenemos que aprender a aprovecharla. Suena a una frase repetida miles de veces, pero no deja de ser cierta y valiosa.

«Gracias al escrúpulo, vacilamos» y a mí me ha pasado un montón de veces. Yo crecí en un ambiente lleno de prejuicios, y liberarme de ellos ha sido un proceso largo de muchos años (¡ayudado enormemente por los libros!). Pero todos esos prejuicios, todas esas ganas de lograr ilusoriamente la perfección, solamente fueron barreras que estaban en mi camino y que hicieron que dejara pasar algunas oportunidades. El primer cuento que aparece en Un tal Lucas, de Julio Cortázar, se titula «Lucas, sus luchas con la hidra» (muy recomendado, por cierto) y trata un poco acerca de lo mismo: de cómo Lucas intenta destruir a la hidra cortándole las cabezas (que son metáforas para los escrúpulos, las obsesiones, los prejuicios), pero solamente logra que le salgan más, y él se mantiene en esa lucha constante por terminar con ellas porque sabe que, una vez que logre dominarlas, su vida será distinta y mejor y podrá, finalmente, ser él mismo: ser Lucas.

Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero ahí radica la importancia de encontrarnos con autores y personajes que nos recuerdan estas cosas; son como palmaditas en la espalda, como si trataran de decirnos «vamos, no te rindas, no lo olvides». Porque por estar pendientes de minucias irrelevantes, se nos pasa la vida, ¡literalmente!

¿Y tú? ¿Tienes algún prejuicio/escrúpulo que no te deja avanzar en algún aspecto de la vida? Para ti, ¿qué cosas vendrían a ser las cabezas de la hidra? Las mías, sin duda, son el perfeccionismo y la vergüenza (pero seguro que tengo más).

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¡Busquemos lo que nos pertenece!

El fuego mismo de los dioses día y noche nos empuja a seguir adelante. ¡Ven! Miremos los espacios abiertos, busquemos lo que nos pertenece por lejano que esté.

«El fuego mismo de los dioses día y noche nos empuja a seguir adelante. ¡Ven! Miremos los espacios abiertos, busquemos lo que nos pertenece por lejano que esté». —Friedrich Hölderlin.

Hace unos años, en una de esas épocas en las que hay que tomar decisiones, me di cuenta de que estaba muy inconforme con las opciones que me proponían. Me sentí atrapada en un mundo que no estaba hecho para mí. ¿Alguna vez te ha pasado eso? Estoy segura de que no soy la única persona que ha tenido esa sensación odiosa. A veces pareciera como si la vida ya estuviera prediseñada, como si fuera una plantilla a la que hay que adaptarse. Nos convencen de que solo hay un camino y una manera y nos señalan si elegimos diferente. En ese momento decidí que esa plantilla no estaba hecha para mí. Pero, ¿entonces?

En medio de esa inconformidad, ocurrió un encuentro mágico. Yo lo llamo mágico, pero en palabras menos románticas, simplemente creo que la naturaleza es tan sabia, que hace que nuestro cerebro esté más receptivo a lo que necesita encontrar. Por eso, en el momento en el que me sentía juzgada y casi «loca», me encontré con esa frase de Hölderlin y la sentí como ese permiso implícito de la vida para buscar mi felicidad a mi manera. ¡Busquemos lo que nos pertenece! Claro que sí, porque tenemos derecho a elegir y porque tenemos derecho a recibir todo eso que nos ilusiona y por lo que trabajamos. Entonces, ¿por qué limitarse?

Me encanta esa cita porque me recuerda una verdad que sé pero que a veces olvido: la vida es sabia y el tiempo es perfecto y todo lo que esté destinado a ser mío, lo será, de una manera u otra. Por eso hay que dejarse guiar por el instinto, caminar el camino propio e ir aprendiendo y encontrando respuestas que son nuestras verdades personales. Intentar adaptarse a la vida de otros o querer ser y hacer lo que otros son y hacen es un error. Lo que le funciona a unos, no le funciona a todos. De ahí surgen las frustraciones: de que vivimos convencidos de que todos debemos ser iguales, alcanzar las mismas metas, tener el mismo cuerpo, viajar a los mismos lugares, ganar la misma cantidad de dinero y miles de cosas por el estilo (o peor, pensar que tenemos que ser más y mejores que todos los demás). Y la realidad es que ¡no hace falta! Lo que verdaderamente hace falta es que cada uno se tome el tiempo de conocerse a sí mismo para así escuchar al corazón (por más cliché que suene), porque las respuestas las tenemos. Sócrates decía que ya sabemos todo lo que necesitamos saber y que tan solo tenemos que recordarlo. Y la manera de recordarlo es estar conectados con la vida, con las experiencias que tenemos, con las personas que conocemos y con los lugares que visitamos.

Elegí esta cita de Hölderlin como la primera entrada oficial del blog porque me parece un lindo augurio. «¡Ven! Miremos los espacios abiertos». Las posibilidades son infinitas y somos libres; tal vez no tanto como quisiéramos, pero mucho más de lo que imaginamos. Hacer este blog, escribir lo que pienso, es otra de las maneras en las que estoy buscando eso que me pertenece. Aunque todavía no sé en dónde está, sí sé que poco a poco me voy acercando más. Algún día será mío.

Y tú, ¿qué es lo que estás buscando?

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