¿Por qué no contabilizo mis lecturas?

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Cada tanto comparto en mis historias de Instagram un mantra que me parece muy útil: «Escribir más palabras NO significa escribir mejor. Leer más libros NO significa leer bien. Que la competencia no sea en cantidad, sino en calidad; lo primero es fácil, lo segundo no». Me gusta mantenerlo presente porque, con todo lo que nos encontramos a diario en las redes sociales, es fácil olvidar lo que de verdad importa.

No es un secreto para nadie que, gracias a internet, estamos bombardeados por la vida idealizada de los demás. Aunque todos sabemos que lo que vemos en las redes sociales no es necesariamente cierto y que la mayoría de la información compartida está filtrada y manipulada para transmitir la ilusión de «perfección», a veces es muy difícil evitar compararse con esas expectativas y no dejarse afectar por ellas. Constantemente nos encontramos con modelos «perfectos», con personas que «siempre» están felices, con parejas que «nunca» discuten, con gente que tiene una rutina diaria impecable, que tiene casas enormes y organizadas, que viaja por todo el mundo, etcétera.

Uno pensaría que esos modelos tóxicos no existen en el mundo de Bookstagram o en el de BookTube, pues ¿qué daño puede haber en una comunidad en la que las personas solo comparten lo que leen y lo que escriben? Sin embargo, no hace falta involucrarse demasiado para toparse con ese tipo de cuentas cuyos administradores se enfocan en presumir qué tan rápido leen y lo mucho que avanzan todos los días en la escritura de sus novelas. Lo más triste es ver cómo a causa de esas personas se crea una competencia dañina y cómo lo más importante (la comprensión de lectura, la buena redacción, el dominio del lenguaje) pasa a un segundo plano: lo que se valora es la cantidad y no la calidad.

Es decepcionante que las cuentas de Bookstagram BookTube que más promueven esa competencia tóxica (con publicaciones del estilo «Cómo leer dos libros en una semana», «Consejos para leer más rápido», «Cómo escribir una novela en poco tiempo») sean las que más seguidores tienen; aunque no es un fenómeno sorprendente: resulta muy atractiva la idea de que ser «superlectores» o «superescritores» es posible (así como son atractivos los cursos que aseguran que se puede aprender un idioma en un mes o las dietas con las que supuestamente se pueden perder diez kilos en una semana). Sin embargo, la definición de «superlector/superescritor» está mal enfocada y, en especial esos influentes, venden la idea de que para serlo hay que entrar en una carrera sin sentido y ver quién hace todo más rápido.

He tenido conversaciones con algunas de esas personas que proclaman con orgullo que leen más de un libro por semana y que escriben novelas enteras en menos de tres meses, en las que he notado su poca comprensión de lectura, la pésima redacción y la mala ortografía que manejan y el nivel tan básico de pensamiento crítico que tienen. Eso es algo que me parece muy triste. ¿De qué sirve leer a la velocidad de la luz si solo se entiende el 10 % del texto? ¿De qué sirve escribir una novela en menos de tres meses si después resulta que más de la mitad de las palabras son solo de relleno y la trama es un gran cliché? Es como intentar comer tu plato favorito sin masticar, ¿para qué? ¿Acaso no es preferible comer despacio y disfrutar cada bocado? Si se supone que, para quienes hacemos parte de la comunidad de Bookstagram/BookTube (ya sea como creadores y/o consumidores del contenido), la lectura es una actividad que nos apasiona, ¿por qué no leer despacio y haciendo pausas para reflexionar? ¿De qué sirve «tragarse el libro sin masticarlo»?

Para mí, un buen lector es una persona que disfruta de lo que lee (que no lo hace por obligación o presión), alguien que analiza las frases, reflexiona sobre las ideas y saca sus propias conclusiones, y no una persona que lee como en piloto automático y a toda velocidad con el único propósito de añadir un número más a la cuenta. De la misma manera, creo que un buen escritor es quien se preocupa por aprender a dominar el lenguaje, quien valora por partes iguales el «qué» y el «cómo», quien entiende que cada palabra debe tener un propósito específico en el texto, quien se preocupa por tener buena redacción y buena ortografía, etcétera, y no quien cree que la calidad del cuento o la novela es directamente proporcional a la cantidad de palabras escritas. Siempre repito que la corrección de estilo se trata más de eliminar que de agregar: son muy pocos los casos en los que a la hora de corregir tengo que añadir palabras y, en cambio, sí me la paso eliminando frases e incluso párrafos enteros que solo son circunloquios y redundancias, que demuestran pobreza léxica y redacción negligente. ¿Por qué regocijarse por haber escrito tres mil palabras en una hora si, de esas, sobran dos mil?

Algo que lamento mucho es ver hasta qué punto esas ideas erróneas influyen en algunas personas e, indirectamente (aunque a veces muy directamente), les hacen creer que «no están a la altura» por no leer cinco o diez libros al mes y por no escribir novelas enteras en dos meses, lo cual es bastante irónico porque el propósito de Bookstagram/BookTube deja de ser promover la lectura y se convierte en desanimar a quienes no cumplen con ese ritmo ridículo. El punto de la lectura y de la escritura es disfrutar del proceso, no sufrirlo ni convertirlo en una competencia nociva.

Por eso, desde hace varios años dejé de contabilizar mis lecturas, cuando me di cuenta de que, por intentar leer muy rápido, estaba pasando por alto aspectos importantes y, además, me estaba presionando demasiado para cumplir con una meta que en realidad nadie me estaba exigiendo. Por supuesto, es bueno ponerse un reto personal y mantenerlo (o incluso intentar superarlo), pero creo que una buena manera de que ese reto no se vuelva una competencia innecesaria es darle un enfoque diferente (por ejemplo, que la meta no sea cantidad de libros leídos, sino cantidad de tiempo dedicado diariamente a la lectura).

En mi caso, mi único propósito es leer, aunque sea un poquito, todos los días: no me presiono a leer una cantidad determinada de páginas o capítulos, o a terminar un libro en un número exacto de días. Hay meses en los que leo cinco o seis libros y hay meses en los que leo solamente uno. ¡En ambos casos está bien! No le debo cuentas a nadie, ni siquiera a mí misma. No soy mejor lectora por leer mucho ni peor por no superar la meta del mes anterior. No soy mejor escritora por escribir novelas enteras en tres meses ni peor por pasar una semana sin escribir. No le encuentro sentido a presionarme a leer cuando estoy tan cansada o distraída que no pongo atención, ni tampoco a obligarme a escribir palabras innecesarias para rellenar capítulos.

Me encantaría encontrar más a menudo publicaciones y videos que, en vez de incitar a leer más rápido, animaran a analizar mejor los textos y a ejercitar el pensamiento crítico y la comprensión de lectura; que en vez de decir que los clásicos están obsoletos y que ya no aportan nada (sí, de verdad se lo escuché a una influente muy conocida), enseñaran a acercarse más a ellos y brindaran contexto histórico; que en lugar de presionar a escribir a diario un número determinado de palabras y dar a entender que entre más larga es una novela es mejor, se enfocaran en ayudar a que los autores encuentren un estilo propio, amplíen su léxico y refuercen la redacción. Sé que ese contenido existe (en internet hay de todo), pero es mucho menor y se le da menos importancia (vuelvo a lo mismo: es mucho más atractivo un video que explique cómo ser millonario en dos días y sin esfuerzo, que uno que explique cómo conseguir dinero despacio y trabajando duro).

En conclusión, me parece un desperdicio utilizar Bookstagram/BookTube para fomentar modelos de lectura y/o escritura que, en definitiva, no sirven. Creo que hay que considerar con más atención a quiénes estamos siguiendo, qué mensaje nos están transmitiendo y qué influencia está teniendo esa información en nuestras rutinas de lectura/escritura. No hay que confundir la cantidad de seguidores de una cuenta con la calidad de su contenido: no todos los que tienen miles y miles de seguidores son gurús de la literatura (de hecho, conozco varias cuentas que tienen contenido excelente y muy poco alcance). Y también creo que es necesario hacer una autoevaluación y cuestionar la forma en que leemos y escribimos para darnos cuenta a qué le estamos dando más importancia y en dónde está radicando nuestro enfoque.

Aquí va el mantra de nuevo: cantidad NO lo es mismo que calidad; lo primero es fácil, lo segundo no.

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El problema de la autopublicación

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«Lamentablemente, en estos tiempos en que se ha perdido el valor de la palabra, también el arte se ha prostituido, y la escritura se ha reducido a un acto similar al de imprimir papel moneda». —Ernesto Sábato, Antes del fin.

Hace pocas semanas me pasó que tenía acumulada toda la ilusión con la que se empieza una nueva lectura. Había comprado un libro durante un viaje y lo tenía pendiente desde hacía meses, así que cuando por fin tuve el tiempo de sentarme a leerlo, tenía una gran expectativa. Al abrirlo, nada más en las primeras hojas, ya había encontrado varias erratas y algún que otro error de ortografía. Como he dicho en otras de mis publicaciones, yo soy correctora de estilo y ortotipografía, así que, aunque estoy acostumbrada a encontrarme este tipo de cosas en los manuscritos, encontrarlas en los libros impresos me hace dar ganas de dejar esa lectura. Sin embargo, este era un libro muy corto y me dije que era preferible darle una oportunidad y terminarlo. Tristemente, fue solo una decepción tras otra. La historia era pésima, los personajes eran demasiado lineales, el conflicto me resultó infantil e inverosímil, estaba lleno de clichés y muy mal desarrollado. Pero, lo que más me dolió, es que había errores ortotipográficos en, al menos, una de cada cinco hojas. Sentí como que acababa de leer un borrador que nadie se había tomado la molestia de releer antes de imprimir.

Así que decidí traer el tema de las autopublicaciones al blog porque últimamente me he topado con libros similares a ese que, al terminarlos, hubiera preferido no leer. Aclaro que no voy a mencionar ninguno en específico para no ofender a quienes los escribieron (y también a quienes hayan podido disfrutarlos —aunque, a decir verdad, si tú disfrutas libros mal escritos, deberías replantearte tus gustos literarios), pero la verdad es que podría hacer una lista extensa de títulos que, a mi criterio, no deberían estar circulando en el mercado porque no cumplen con los estándares básicos que se deberían tener en cuenta antes de imprimir y vender algo. Considero que cosas como buena redacción, buena ortografía, buen uso de la puntuación y coherencia en la historia no son exigencias del otro mundo, sino tan solo lo mínimo que se debería tratar de cuidar.

Quiero hacer énfasis en que no estoy en contra de los libros autopublicados. Sé que son una buena oportunidad para aquellas personas que llevan mucho tiempo esperando encontrar quién les publique/financie esa obra que se pasaron años escribiendo y que, al parecer, no es compatible con el perfil de ninguna editorial. Sin embargo, otras personas lo ven como una manera de hacer «dinero fácil», escriben cualquier cosa sin ningún cuidado y la mandan a impresión. Y a eso exactamente es a lo que va dirigida mi crítica: a ese mal uso que se le ha dado a la autopublicación con el único fin de hacer dinero, saltándose ciertos filtros y criterios que las editoriales con mucha trayectoria siempre respetan. Siento que es injusto con quienes han estudiado durante años para profesionalizarse en las distintas áreas que son necesarias en la literatura.

De nuevo aclaro: sé que hay libros malos que no son autopublicados y también sé que no todos los libros autopublicados son malos. Pero aquí no estoy discutiendo acerca de esa parte subjetiva que tiene que ver con la historia de la obra, sino justamente con la parte técnica que tiene reglas muy específicas de calidad: la edición, la maquetación y la corrección. Resulta muy evidente cuando esas cosas están mal hechas o cuando, directamente, no están hechas. Un libro autopublicado gira en torno a un cliente que paga por un servicio y es una manera de obtener un resultado seguro: quien paga, publica un libro. En cambio, la manera tradicional gira en torno a si la obra es competente y por eso presentar un manuscrito a una editorial seria es como jugar a la lotería, porque entran en juego distintos aspectos en la valoración y es mucho más complicado ser aceptado para publicación. Sé que, al final, solo se pretende vender y cada una tiene sus estrategias de mercadeo, pero ese no es mi punto, no se trata de empezar un debate acerca de cuál opción es más conveniente.

Ambas maneras de publicar son válidas y ambas tienen ventajas y desventajas. Sin embargo, mi gran aprensión respecto a las autopublicaciones es el hecho de que muchos «autores», en su afán de presumir que tienen un libro, eligen saltarse un conducto regular que es necesario y subestiman el trabajo de muchas personas. Por supuesto que, al ser correctora, mi posición al respecto puede ser sesgada, pero precisamente me hice correctora porque me gusta abrir un libro y que esté bien escrito y con todos los detalles muy cuidados. Mi amor por la literatura es tan grande, que quiero que todos los libros sean perfectos (o lo más cercano a eso, claro). Todos sabemos que los libros son la manera de propagar y mantener el lenguaje escrito, así que pasar por alto las reglas del idioma me parece una gran pérdida cultural. Es cierto que todos cometemos errores y que una coma mal puesta o una tilde olvidada no son crímenes, pero sí es de muy mal gusto que una persona que paga por un libro y tiene la ilusión de leer algo bueno, al abrirlo se lleve una gran desilusión. Al ser correctora, comprar un libro y que esté lleno de errores, lo tomo casi como una ofensa personal (¡Ey! Hubieran podido pagarme a mí).

Algunas personas argumentan que los servicios profesionales de diseño y corrección son muy caros, y tienen razón. Pero es que el trabajo vale, ¡y la calidad mucho más! Además, el trabajo de esas personas (incluida yo) es, precisamente, mejorar los manuscritos para sacarles todo el potencial que tienen y lograr que estén al nivel de publicación y distribución para que sean competentes en el mercado. Así como esos autores desean que se valoren sus libros, deben valorar el trabajo de otros. Entiendo que hay personas con muchísimas ganas de publicar un libro a costa de lo que sea, pero hay que tener cuidado con eso. Si tú tienes una idea increíble y deseas autopublicarla, ¡adelante! Pero, por favor, asegúrate de hacerlo con calidad y déjate asesorar por profesionales. Apresurarte a publicar cualquier cosa con cualquier editorial de autopublicación en muchos casos es autosabotaje. Es preferible ahorrar un tiempo y poder pagar a quien pueda lograr que un libro bueno se convierta en uno excelente. Personalmente, considero mucho más escritor a alguien que ha publicado un solo libro maravilloso, que a alguien que ha publicado cincuenta libros malos y con mala ortografía.

¡Hay que cuidar la literatura! Si deseas hacer un aporte a ella, procura que sea para sumarle y no para restarle.

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¿El lenguaje inclusivo es la solución?

Mario y yo

«Me parece macanudo que cambien la estructura, pero traten de que simultáneamente se transforme el signo moral de este pueblo, porque de lo contrario el cambio se desmoronará, y la evolución o revolución o lo que sea, habrá sido inútil». —Mario Benedetti, Gracias por el fuego.

Stephen King dice que los libros son magia portátil porque a través de ellos los lectores pueden leer la mente del autor, como si se tratara de telepatía. Yo creo que también, ratificando el calificativo «mágico», los libros permiten que los pensamientos viajen en el tiempo. Me gusta esa idea de que un escritor plasme sus reflexiones (ya sea a modo de afirmación o pregunta) reflejando su verdad en su contexto y que, años después, podamos encontrarlo y mantenerlo vigente en nuestro contexto. Creo que eso tiene que ver con algo que Gabriel García Márquez dijo en varios de sus libros (especialmente en Cien años de soledad): la vida es cíclica y la historia siempre se repite, queramos o no (sé que Gabo no es el único que lo ha dicho, pero es el referente que quise usar). Es fácil comprobar que tiene razón, tan solo hace falta leer un poco de historia y luego ver las noticias; aunque también es notorio en situaciones más personales y cotidianas.

Con Gracias por el fuego me pasó eso de los pensamientos viajando en el tiempo. El libro se publicó por primera vez en 1965 y la crítica social que quiso plasmar Mario Benedetti en él estuvo ampliamente influenciada por la crisis política y económica que atravesó Uruguay durante la década de los sesenta. De ahí ese «llamado a la acción» que hizo a través de sus personajes, en el que le dijo directamente a los lectores: Salgan a cambiar el mundo, ¡pero háganlo bien! Cincuenta y un años después Gracias por el fuego llegó a mis manos y, aunque Benedetti ya murió, cada vez que vuelvo a leer esta cita, no puedo evitar sentir como si estuviera hablando de temas actuales porque su mensaje sigue siendo muy aplicable. En este caso yo usaré sus palabras para hablar de un tema en específico: el lenguaje “inclusivo”. Debo confesar que, aunque había querido escribir sobre esto desde hace días y no me había atrevido, la razón por la que me decidí fue porque me enteré de que en una editorial argentina reescribieron El principito y lo cambiaron a ese lenguaje, y me estremecí.

Honestamente, todavía no me acostumbro a ver (mucho menos a usar) esa manera de hablar/escribir. Yo soy correctora de ortotipografía y estilo, y he dedicado gran parte de mi vida a aprender el español lo mejor que puedo (por supuesto que todavía no lo sé todo), por eso me resulta natural respetar las reglas del idioma. Debido a que conozco el proceso por el que pasan los manuscritos antes de ser publicados, me parece sorprendente una modificación tan abrupta (sobre todo en el lenguaje escrito, ya que el lenguaje oral es mucho más flexible). Mi trabajo al corregir textos se trata de encontrar erratas y de ayudar a los escritores a ser concisos con su mensaje, así que no puedo evitar sentir que expresiones como “nuestra cuerpa”, “todes les compañeres”, “los niños y las niñas”, “amigxs”, son errores gramaticales. Sin embargo, no deja de parecerme un cambio importante (importante en el sentido de masividad, no de necesidad). Es decir, es impresionante que haya tanta determinación por parte de algunos en querer cambiar todo un idioma e incluso reconozco que es lindo el hecho de que muchas personas estén unidas en pro de una causa noble, pero me produce reticencia porque el cambio en el lenguaje no me parece el primer paso e incluso me atrevería a decir que, así como está planteado, el lenguaje “inclusivo” no es necesario.

Antes de que comenten para insultarme, quiero aclarar que no, no me creo la RAE, que apoyo la inclusión, que estoy a favor de los derechos de todas las personas, que me considero feminista (no hace falta conocerme demasiado para saber que Simone de Beauvoir es uno de los referentes de mi vida), que repudio la discriminación y el odio y que también quiero un gran cambio en el mundo para que todos podamos ser —al menos un poco— más felices. Pero justamente por eso es que creo que la cita de Mario Benedetti que elegí se hace relevante, porque un cambio en la estructura no es lo mismo que un cambio moral y lo que se necesita de verdad es lo segundo, porque de ahí se derivarán naturalmente los cambios pertinentes en lo primero. Quedarnos peleando porque alguien no dice todas las palabras con la “e” es distraernos con nimiedades. Considero que no por usar lenguaje “inclusivo” se es mejor persona, ni tampoco que por no usarlo se es mal ser humano. Ser buena o mala persona queda reflejado en las acciones diarias que tenemos y en cómo tratamos a quienes nos cruzamos, no en si decimos “todes” y “chiquxs” (lo cual es impronunciable, por cierto).

Muchas de las personas con las que he debatido acerca de este tema y que apoyan el uso del lenguaje “inclusivo” me dicen que su importancia radica en “ponerle nombre a lo que no lo tiene”, que “lo que no se nombra no existe”, y que “a través de ese lenguaje se elimina la discriminación”. Yo no estoy de acuerdo con esas afirmaciones porque usar lenguaje “inclusivo” es como ponerle una curita a una herida profunda: puede que la cubra, pero no la sana. Porque el verdadero problema no está en nuestro lenguaje, sino en cómo lo estamos usando. El español ya incluye cuando dice “todos”, pero somos nosotros quienes le damos la connotación equivocada. Las palabras son palabras y ya, son inofensivas si las usamos correctamente e, incluso, como lo plantea la cita de Benedetti, si no hay un cambio moral primero, toda esa revolución resultará inútil. Si el enfoque principal no es enseñar a respetar, se podría usar el lenguaje “inclusivo” para discriminar si quisiéramos. Si alguien escribiera un letrero diciendo “les persones bajes son tontes” no se está discriminando ni ofendiendo menos. Es por eso que insisto en que la raíz del problema es el uso que le damos a las palabras y que hay que dar otros pasos antes de querer cambiar el idioma si lo que buscamos de verdad es incluir y aceptar a todas las personas.

Yo no puedo oponerme por completo a que se use el español de esa manera porque soy una sola contra muchos, pero sí me molesta que a alguien se le haya ocurrido reescribir un gran clásico como lo es El principito y manipularlo para que se acomode a una causa que ni siquiera es la que pretendió el autor cuando lo escribió años atrás. Yo no me imagino a Antoine de Saint-Exupéry pensando en crear un personaje masculino para discriminar a todas las mujeres; quienes han leído El principito saben perfectamente que su historia no pretende para nada exaltar a los hombres por encima de las mujeres, ni tampoco insinuar que solo los hombres pueden ser pilotos. Si bien el libro lo reescribieron con la protagonista como una mujer y el lenguaje “inclusivo” que usaron es “todos y todas” en lugar de “todes” (lo cual es un gran alivio para mí), sigo creyendo que, si la finalidad es escribir historias en lenguaje “inclusivo” y feministas, deberían CREARLAS exclusivamente con ese fin y no aprovecharse de un libro que tiene tanta fama y acogida en el mundo solo para vender más. Por supuesto que me agrada que las niñas de las nuevas generaciones tengan más al alcance referentes femeninos que sirvan de inspiración, pero hay otras maneras (incluso mejores) de lograrlo.

En todo caso, la reflexión a la que invito escribiendo acerca de esto, es en hacer el énfasis en transformar «el signo moral de este pueblo», como dijo Mario, porque así nos aseguraremos de que el cambio sí está teniendo el efecto que, en el fondo, es el que deseamos todos —o la mayoría, claro.

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Las cabezas de la hidra

«. . . porque gracias al escrúpulo, vacilamos, y se nos pasa el tiempo de gozar, de gozar ese minuto feliz que, como gracia especial, fue incluido en nuestro programa.» Gracias por el fuego. Mario Benedetti.

Hay libros, personajes y frases que nos tocan el corazón de una manera especial porque logramos identificarnos de algún modo (ya sea consciente o inconsciente). Algunas veces es porque la historia nos recuerda a una nuestra, o porque los personajes están intentando resolver dilemas que nosotros también, o porque nos inspiran a hacer algo distinto, o porque son el reflejo de lo que quisiéramos ser, e infinidad de ejemplos más. A mí esta cita en particular me llegó al alma porque la sentí como si Mario Benedetti me hubiera hablado a mí directamente a través de Gracias por el fuego.

Una vez soñé que Benedetti era mi abuelo y que íbamos juntos a tomar un café. Recuerdo que le pedí sus consejos y que me enseñara a escribir como él. La respuesta entera la olvidé al despertar (tristemente), pero me quedó resonando la palabra «constancia». A mí me gusta pensar que Mario me da sus consejos de vida, esos que le pedí, en todos sus libros. El que está en esta cita es muy importante porque incluye una verdad esencial: ¡la vida es un regalo! Y tenemos que aprender a aprovecharla. Suena a una frase repetida miles de veces, pero no deja de ser cierta y valiosa.

«Gracias al escrúpulo, vacilamos» y a mí me ha pasado un montón de veces. Yo crecí en un ambiente lleno de prejuicios y liberarme de ellos ha sido un proceso largo de muchos años (¡ayudado enormemente por los libros!). Pero todos esos prejuicios, todas esas ganas de lograr ilusoriamente la perfección, solamente fueron barreras que estaban en mi camino y que hicieron que dejara pasar algunas oportunidades. El primer cuento que aparece en Un tal Lucas de Julio Cortázar se titula «Lucas, sus luchas con la hidra» (muy recomendado, por cierto) y trata un poco acerca de lo mismo: de cómo Lucas intenta destruir a la hidra cortándole las cabezas (que son metáforas para los escrúpulos, las obsesiones, los prejuicios, etcétera), pero solamente logra que le salgan más y él se mantiene en esa lucha constante por terminar con ellas porque sabe que, una vez que logre dominarlas, su vida será distinta y mejor y podrá, finalmente, ser él mismo: ser Lucas.

Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero ahí radica la importancia de encontrarnos con autores y personajes que nos recuerdan estas cosas; son como palmaditas en la espalda, como si trataran de decirnos «vamos, no te rindas, no lo olvides». Porque por estar pendientes de minucias irrelevantes, se nos pasa la vida, ¡literalmente!

¿Y tú? ¿Tienes algún prejuicio/escrúpulo que no te deja avanzar en algún aspecto de la vida? Para ti, ¿qué cosas vendrían a ser las cabezas de la hidra? Las mías, sin duda, son la perfección y la vergüenza (pero seguro que tengo más).

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¡Busquemos lo que nos pertenece!

El fuego mismo de los dioses día y noche nos empuja a seguir adelante. ¡Ven! Miremos los espacios abiertos, busquemos lo que nos pertenece por lejano que esté.

«El fuego mismo de los dioses día y noche nos empuja a seguir adelante. ¡Ven! Miremos los espacios abiertos, busquemos lo que nos pertenece por lejano que esté». —Friedrich Hölderlin.

Hace unos años, en una de esas épocas en las que hay que tomar decisiones, me di cuenta de que estaba muy inconforme con las opciones que me proponían. Me sentí atrapada en un mundo que no estaba hecho para mí. ¿Alguna vez te ha pasado eso? Estoy segura de que no soy la única persona que ha tenido esa odiosa sensación. A veces pareciera como si la vida ya estuviera prediseñada, como si fuera una plantilla a la que hay que adaptarse. Nos convencen de que solo hay un camino y una manera y nos señalan si elegimos diferente. En ese momento decidí que esa plantilla no estaba hecha para mí. Pero, ¿entonces?

En medio de esa inconformidad, ocurrió un encuentro mágico. Yo lo llamo mágico, pero en palabras menos románticas, simplemente creo que la naturaleza es tan sabia, que hace que nuestro cerebro esté más receptivo a lo que necesita encontrar. Por eso, en el momento en el que me sentía juzgada y casi «loca», me encontré con esa frase de Hölderlin y la sentí como ese permiso implícito de la vida para buscar mi felicidad a mi manera. ¡Busquemos lo que nos pertenece! Claro que sí, porque tenemos derecho a elegir y porque tenemos derecho a recibir todo eso que nos ilusiona y por lo que trabajamos. Entonces, ¿por qué limitarse?

Me encanta esa cita porque me recuerda una verdad que sé pero que a veces olvido: la vida es sabia y el tiempo es perfecto y todo lo que esté destinado a ser mío, lo será, de una manera u otra. Por eso hay que dejarse guiar por el instinto, caminar el camino propio e ir aprendiendo y encontrando respuestas que son nuestras verdades personales. Intentar adaptarse a la vida de otros o querer ser y hacer lo que otros son y hacen es un error. Lo que le funciona a unos, no le funciona a todos. De ahí surgen las frustraciones: de que vivimos convencidos de que todos debemos ser iguales, alcanzar las mismas metas, tener el mismo cuerpo, viajar a los mismos lugares, ganar la misma cantidad de dinero y miles de cosas por el estilo (o peor, pensar que tenemos que ser más y mejores que todos los demás). Y la realidad es que ¡no hace falta! Lo que verdaderamente hace falta es que cada uno se tome el tiempo de conocerse a sí mismo para así escuchar al corazón (por más cliché que suene), porque las respuestas las tenemos. Sócrates decía que ya sabemos todo lo que necesitamos saber y que tan solo tenemos que recordarlo. Y la manera de recordarlo es estar conectados con la vida, con las experiencias que tenemos, con las personas que conocemos y con los lugares que visitamos.

Elegí esta cita de Hölderlin como la primera entrada oficial del blog porque me parece un lindo augurio. «¡Ven! Miremos los espacios abiertos». Las posibilidades son infinitas y somos libres; tal vez no tanto como quisiéramos, pero mucho más de lo que imaginamos. Hacer este blog, escribir lo que pienso, es otra de las maneras en las que estoy buscando eso que me pertenece. Aunque todavía no sé en dónde está, sí sé que poco a poco me voy acercando más. Algún día será mío.

Y tú, ¿qué es lo que estás buscando?

 

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