¿Por qué no contabilizo mis lecturas?

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Cada tanto comparto en mis historias de Instagram un mantra que me parece muy útil: «Escribir más palabras NO significa escribir mejor. Leer más libros NO significa leer bien. Que la competencia no sea en cantidad, sino en calidad; lo primero es fácil, lo segundo no». Me gusta mantenerlo presente porque, con todo lo que nos encontramos a diario en las redes sociales, es fácil olvidar lo que de verdad importa.

No es un secreto para nadie que, gracias a internet, estamos bombardeados por la vida idealizada de los demás. Aunque todos sabemos que lo que vemos en las redes sociales no es necesariamente cierto y que la mayoría de la información compartida está filtrada y manipulada para transmitir la ilusión de «perfección», a veces es muy difícil evitar compararse con esas expectativas y no dejarse afectar por ellas. Constantemente nos encontramos con modelos «perfectos», con personas que «siempre» están felices, con parejas que «nunca» discuten, con gente que tiene una rutina diaria impecable, que tiene casas enormes y organizadas, que viaja por todo el mundo, etcétera.

Uno pensaría que esos modelos tóxicos no existen en el mundo de Bookstagram o en el de BookTube, pues ¿qué daño puede haber en una comunidad en la que las personas solo comparten lo que leen y lo que escriben? Sin embargo, no hace falta involucrarse demasiado para toparse con ese tipo de cuentas cuyos administradores se enfocan en presumir qué tan rápido leen y lo mucho que avanzan todos los días en la escritura de sus novelas. Lo más triste es ver cómo a causa de esas personas se crea una competencia dañina y cómo lo más importante (la comprensión de lectura, la buena redacción, el dominio del lenguaje) pasa a un segundo plano: lo que se valora es la cantidad y no la calidad.

Es decepcionante que las cuentas de Bookstagram BookTube que más promueven esa competencia tóxica (con publicaciones del estilo «Cómo leer dos libros en una semana», «Consejos para leer más rápido», «Cómo escribir una novela en poco tiempo») sean las que más seguidores tienen; aunque no es un fenómeno sorprendente: resulta muy atractiva la idea de que ser «superlectores» o «superescritores» es posible (así como son atractivos los cursos que aseguran que se puede aprender un idioma en un mes o las dietas con las que supuestamente se pueden perder diez kilos en una semana). Sin embargo, la definición de «superlector/superescritor» está mal enfocada y, en especial esos influentes, venden la idea de que para serlo hay que entrar en una carrera sin sentido y ver quién hace todo más rápido.

He tenido conversaciones con algunas de esas personas que proclaman con orgullo que leen más de un libro por semana y que escriben novelas enteras en menos de tres meses, en las que he notado su poca comprensión de lectura, la pésima redacción y la mala ortografía que manejan y el nivel tan básico de pensamiento crítico que tienen. Eso es algo que me parece muy triste. ¿De qué sirve leer a la velocidad de la luz si solo se entiende el 10 % del texto? ¿De qué sirve escribir una novela en menos de tres meses si después resulta que más de la mitad de las palabras son solo de relleno y la trama es un gran cliché? Es como intentar comer tu plato favorito sin masticar, ¿para qué? ¿Acaso no es preferible comer despacio y disfrutar cada bocado? Si se supone que, para quienes hacemos parte de la comunidad de Bookstagram/BookTube (ya sea como creadores y/o consumidores del contenido), la lectura es una actividad que nos apasiona, ¿por qué no leer despacio y haciendo pausas para reflexionar? ¿De qué sirve «tragarse el libro sin masticarlo»?

Para mí, un buen lector es una persona que disfruta de lo que lee (que no lo hace por obligación o presión), alguien que analiza las frases, reflexiona sobre las ideas y saca sus propias conclusiones, y no una persona que lee como en piloto automático y a toda velocidad con el único propósito de añadir un número más a la cuenta. De la misma manera, creo que un buen escritor es quien se preocupa por aprender a dominar el lenguaje, quien valora por partes iguales el «qué» y el «cómo», quien entiende que cada palabra debe tener un propósito específico en el texto, quien se preocupa por tener buena redacción y buena ortografía, etcétera, y no quien cree que la calidad del cuento o la novela es directamente proporcional a la cantidad de palabras escritas. Siempre repito que la corrección de estilo se trata más de eliminar que de agregar: son muy pocos los casos en los que a la hora de corregir tengo que añadir palabras y, en cambio, sí me la paso eliminando frases e incluso párrafos enteros que solo son circunloquios y redundancias, que demuestran pobreza léxica y redacción negligente. ¿Por qué regocijarse por haber escrito tres mil palabras en una hora si, de esas, sobran dos mil?

Algo que lamento mucho es ver hasta qué punto esas ideas erróneas influyen en algunas personas e, indirectamente (aunque a veces muy directamente), les hacen creer que «no están a la altura» por no leer cinco o diez libros al mes y por no escribir novelas enteras en dos meses, lo cual es bastante irónico porque el propósito de Bookstagram/BookTube deja de ser promover la lectura y se convierte en desanimar a quienes no cumplen con ese ritmo ridículo. El punto de la lectura y de la escritura es disfrutar del proceso, no sufrirlo ni convertirlo en una competencia nociva.

Por eso, desde hace varios años dejé de contabilizar mis lecturas, cuando me di cuenta de que, por intentar leer muy rápido, estaba pasando por alto aspectos importantes y, además, me estaba presionando demasiado para cumplir con una meta que en realidad nadie me estaba exigiendo. Por supuesto, es bueno ponerse un reto personal y mantenerlo (o incluso intentar superarlo), pero creo que una buena manera de que ese reto no se vuelva una competencia innecesaria es darle un enfoque diferente (por ejemplo, que la meta no sea cantidad de libros leídos, sino cantidad de tiempo dedicado diariamente a la lectura).

En mi caso, mi único propósito es leer, aunque sea un poquito, todos los días: no me presiono a leer una cantidad determinada de páginas o capítulos, o a terminar un libro en un número exacto de días. Hay meses en los que leo cinco o seis libros y hay meses en los que leo solamente uno. ¡En ambos casos está bien! No le debo cuentas a nadie, ni siquiera a mí misma. No soy mejor lectora por leer mucho ni peor por no superar la meta del mes anterior. No soy mejor escritora por escribir novelas enteras en tres meses ni peor por pasar una semana sin escribir. No le encuentro sentido a presionarme a leer cuando estoy tan cansada o distraída que no pongo atención, ni tampoco a obligarme a escribir palabras innecesarias para rellenar capítulos.

Me encantaría encontrar más a menudo publicaciones y videos que, en vez de incitar a leer más rápido, animaran a analizar mejor los textos y a ejercitar el pensamiento crítico y la comprensión de lectura; que en vez de decir que los clásicos están obsoletos y que ya no aportan nada (sí, de verdad se lo escuché a una influente muy conocida), enseñaran a acercarse más a ellos y brindaran contexto histórico; que en lugar de presionar a escribir a diario un número determinado de palabras y dar a entender que entre más larga es una novela es mejor, se enfocaran en ayudar a que los autores encuentren un estilo propio, amplíen su léxico y refuercen la redacción. Sé que ese contenido existe (en internet hay de todo), pero es mucho menor y se le da menos importancia (vuelvo a lo mismo: es mucho más atractivo un video que explique cómo ser millonario en dos días y sin esfuerzo, que uno que explique cómo conseguir dinero despacio y trabajando duro).

En conclusión, me parece un desperdicio utilizar Bookstagram/BookTube para fomentar modelos de lectura y/o escritura que, en definitiva, no sirven. Creo que hay que considerar con más atención a quiénes estamos siguiendo, qué mensaje nos están transmitiendo y qué influencia está teniendo esa información en nuestras rutinas de lectura/escritura. No hay que confundir la cantidad de seguidores de una cuenta con la calidad de su contenido: no todos los que tienen miles y miles de seguidores son gurús de la literatura (de hecho, conozco varias cuentas que tienen contenido excelente y muy poco alcance). Y también creo que es necesario hacer una autoevaluación y cuestionar la forma en que leemos y escribimos para darnos cuenta a qué le estamos dando más importancia y en dónde está radicando nuestro enfoque.

Aquí va el mantra de nuevo: cantidad NO lo es mismo que calidad; lo primero es fácil, lo segundo no.

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